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Jueves , 21.03.2019 / 06:37 Hoy

Tesoros en la Feria

La FIL no es sólo una feria para los interesados en la literatura hispana, sino que, como lo dice su nombre, los amantes de obras internacionales también tienen su lugar.

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Qué fácil es perderse en el vasto universo de la FIL. Nada más entrar aquí significa quedar a merced de varias multitudes aguerridas: gente, libros, stands, editoriales, anaqueles, cámaras, pasillos y más gente, si cabe.

Algunos, de mañas prácticas y hurañas, tienen ya su modus operandi bien definido. Acuden pronto al programa online de la feria y sólo se acercan al edificio de Mariano Otero cuando su autor favorito dicta cátedra o presenta su más reciente novela. Se escurren en el salón correspondiente, escuchan y asienten atentos para luego huir despavoridos, no sea que la marea humana les fastidie el buen humor.

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Otros llegan temprano subidos en zapatos cómodos, con la cartera a reventar y la mochila vacía, dispuestos a perderse largas horas en la Expo Guadalajara. Ya saben cuáles libros comprar y esperan que muchos más los seduzcan en la exhaustiva expedición.


Pero lejos de las novedades, de los autores modernos y de la superación personal, la FIL guarda tesoros para aquellos curiosos que buscan algo más. Ya el nombre del eventazo anuncia una posibilidad enorme: internacional.

Ésta no es una feria que se interese sólo en la literatura hispana. A lo largo de su historia le ha abierto los brazos a todo aquel país que quepa en esta fiesta. Por eso el cover incluye el Área Internacional, donde amantes de nuestra y otras lenguas pueden darse tremendo banquete políglota.

Son aquí reyes stands de países como Brasil, Francia, Colombia y Argentina. De suerte que expertos y neófitos encuentran material suficiente para acercarse y sumergirse a placer en otras culturas: libros para niños, cuentos, guías turísticas, novelas, poesía y la sonrisa amplia de los extranjeros que allí trabajan, y que gracias a la FIL se sienten ya tan tapatíos como el tejuino.

Aquí también el gusto descansa en la variedad, y consiente a quienes huyen de grandes editoriales para buscar joyas como las que vende Panoplia de libros, una distribuidora española cuyos estantes acabarían de volver loco a cualquier poeta, pues tiene ahí compilaciones de Sylvia Plath, Jack Kerouac, sonetos de William Shakespeare y poemas de su tocayo Faulkner, de Ted Hughes, Edgar Allan Poe y otros grandes.


Ahora que si prefieren novelas clásicas en vez de poesía, antes pierdan la cabeza que el chance de ir a Los libros del zorro rojo. Un pequeño stand ubicado igual en el lado internacional, donde se topa uno con hermosas ediciones ilustradas de Oscar Wilde, Franz Kafka, Mark Twain, Lewis Carroll, Chagall y hasta de nuestro nuevo amigo Paul Auster. El zorro…, con presencia en la Ciudad de México, Buenos Aires y Barcelona, juntó palabra y trazo en unos libros que son por sí mismos obras de arte.

Y ya que el arte muchas veces se refugia en la sobriedad, habrá quienes prefieran leer éstos y otros libros como la princesa Bella de Disney: sin dibujos, para soltarle la rienda al imaginario. Aquellos conservadores deben ir a Grupo Editorial Tomos y sumergirse en la larga lista de clásicos que ofrece. Desde Homero hasta James Joyce, con escala en Charles Dickens y Fiódor Dostoievski, Victor Hugo, Dante y Ernest Hemingway.

La Expo Guadalajara es, mientras dura la FIL, un sitio mágico donde por sus pasillos se pasean orondos muchos escritores contemporáneos, que con sus letras nos desgarran y alivian. Verlos aquí es una experiencia de película que cualquier lector debería experimentar alguna vez. Sin embargo, dentro de estas paredes y en el mismo espacio de tiempo descansan también autores cuyo legado sobrevive intacto, como un coloso, a la vorágine de nuevos exponentes y competidores. Ellos araron el camino que nos trajo aquí. Sólo hay una manera de agradecerlo: leámoslos.



RL

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