• Regístrate
Estás leyendo: Suprimirnos los unos a los otros
Comparte esta noticia
Viernes , 22.03.2019 / 19:01 Hoy

Suprimirnos los unos a los otros

Simone Weil desmenuza el concepto de la voluntad general de Rousseau, en particular la idea de que para que se exprese la voluntad general, debe atemperarse la pasión colectiva.

Publicidad
Publicidad

En un ensayo de una inteligencia deslumbrante titulado “Apuntes sobre la supresión general de los partidos políticos”, Simone Weil examina la misión y el propósito de los partidos políticos, con miras a concluir si contribuyen o entorpecen la idea de bien general de la sociedad. Como el propio título lo indica, su veredicto es implacable, pues juzga que los partidos son entidades más dañinas que benéficas. Entre varios argumentos, el que esgrime con mayor contundencia tiene que ver con el efecto que producen en el pensamiento de los militantes, pues el partido cobra vida propia y es una institución diseñada para alcanzar sus propios fines, es decir, hacerse del poder y conservarlo, y en esa medida a menudo se produce una contraposición con esa idea un tanto romántica de pensar en el bien común de la sociedad, que
en teoría debería prevalecer incluso si fuera contrario a los intereses de un partido político específico.

Para construir su argumento, Weil desmenuza el concepto de la voluntad general de Rousseau, en particular la idea de que para que se exprese la voluntad general, debe atemperarse en la medida de lo posible la pasión colectiva, pues, para Weil, “la pasión colectiva es un impulso al crimen y a la mentira infinitamente más potente que cualquier pasión individual. En este caso, los malos impulsos, lejos de neutralizarse, elevan mutuamente por mil su potencia. La presión es casi irresistible, si no se es un auténtico santo”. Esta idea resulta muy interesante en la época de las redes sociales, la corrección política y la política de la identidad (identity politics), pues en la inmensa mayoría de los casos, justamente se piensa y se actúa políticamente a partir de estas pasiones colectivas entre grupos de gente con ideas afines, que simplemente se refuerzan unos a otros los prejuicios que comparten por el hecho de pertenecer al mismo grupo, con lo cual a menudo se vuelve prácticamente imposible siquiera admitir como posibilidad que una idea ajena a uno pueda tener alguna validez.

Se produce así una sociedad inmensamente fragmentada, donde cada individuo o grupo de interés vela únicamente por su propio bienestar, amparados comúnmente en pasiones estridentes, siempre a flor de piel y a la espera de un nuevo blanco de linchamiento cibernético, y es habitual la paradoja de que miembros de determinadas minorías oprimidas son a su vez racistas o clasistas o denigran a los miembros de otras minorías, tan solo por pertenecer a un bando distinto del que define nuestra propia identidad. Uno de los fenómenos comunes a los líderes con tintes fascistoides que se han encumbrado en distintas partes del mundo es justamente que conectan con el electorado no mediante propuestas racionales, sino a partir del insulto, de la demonización del otro, del mecanismo del chivo expiatorio para descargar la frustración y el odio sobre los culpables de nuestros males (los migrantes, los musulmanes, los sindicatos, los drogadictos, etcétera), y de esa forma se ha convertido en política mainstream lo que hace apenas un par de décadas estuviera confinado a los márgenes de lo lunático.

Si Weil contemplara nuestras sociedades actuales, es muy probable que se descorazonaría a tal nivel que no pediría la supresión de los partidos políticos, sino de la propia sociedad como tal.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.