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Miércoles , 20.03.2019 / 03:50 Hoy

Solo de este hombre

Vibraciones


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Otoño de 1720. Anna Magdalena Wilcke (1701–1760) está de viaje en Hamburgo con su padre. Es una cantante sajona de 19 años, de manos regordetas y rizado cabello rubio. A las 6:13 de la tarde, de regreso a la posada, escucha el imponente órgano —un pedal y cuatro teclados— de la Iglesia de Santa Catalina. Magdalena entra. Lleva un manto blanco cubriendo su cabello. El sonido la paraliza en el oscuro pasillo entre las últimas bancas de la entrada. Un sonido tan extenso, tan variado, tan imponente y tan hondo que le resulta imposible comprender. El órgano está arriba. Los tubos forman torres que se alzan sobre la bóveda y las tallas en la madera brillan con colores castaño y oro. La música termina. El organista comienza a bajar la escalera. Magdalena lo ve venir hacia ella y sale corriendo.

De regreso a la posada, Magdalena piensa: “Ni siquiera mi abuela, tan severa, hubiera encontrado nada deshonroso en que una muchacha entrase en una iglesia y escuchara la música de un órgano”. Haber sentido terror la desconcierta. Durante la cena, su papá le dice: “Si escuchaste ese órgano, quien lo tocaba no pudo haber sido más que el director de orquesta del duque Cöthen: Johann Sebastian Bach”. Y añade: “Acaba de quedar viudo”. Y Magdalena comienza a pensar en Bach a través del recuerdo de su inabarcable sonido.

Un año después —durante la primavera de 1721—, Magdalena —por intermediación de su papá— conoce a Bach y hacen música juntos. Ella canta (con su dulce voz de soprano de colores ligeros y frutales: amarillos limón, verdes manzana), él la acompaña en el clavicordio. Al terminar, Bach le dice: “Sabes cantar y tu voz es pura”. Y Magdalena desea contestarle: “¡Y tú sabes tocar!”, pero permanece en silencio, muda y turbada como una niña.

Sus pensamientos sobre Bach han adquirido una dimensión física; se dirigen hacia su cuerpo ancho y fuerte, hacia su mentón cuadrado y amplia frente, y, sobre todo, hacia su intensa mirada que parece dirigirse hacia el interior (“¡Tiene unos ojos oyentes!”).

Al poco tiempo, a finales del verano de 1721, su papá la llama y le dice: “Magdalena, el señor Bach me pidió tu mano. Te espera en la sala”. Y su mamá le recuerda posibles problemas: “No olvides que es 15 años mayor que tú y de los siete hijos que tuvo de su primer matrimonio, cuatro aún viven y tendrás que ser una madre para ellos”. Pero Magdalena ha escuchado ese sonido inabarcable y ve claro: “Nunca podría ser de otro hombre”. Así que entra a la sala. Bach le dice: “Querida Magdalena, ya sabes mis deseos. Tus padres están conformes. ¿Quieres ser mi mujer?”. Y ella responde “Oh, sí, gracias”.

Johann Sebastian Bach y Anna Magdalena Wilcke se casan en diciembre de 1721. A la boda asiste el príncipe Leopoldo, quien le regala a la novia la corona de flores.

Para Magdalena, el matrimonio es un hermoso y místico sacrificio: “A partir del día de mi boda, ya no tuve más vida que la suya. Era como una pequeña corriente de agua que se la hubiera tragado el océano”.

Para Bach, el matrimonio es un deber. “El amor es el cumplimiento de la ley”, suele repetir con su Biblia luterana en el regazo.

Bach le escribió a Magdalena una breve canción de amor a manera de regalo de boda. Dice la primera estrofa: “A vuestro servidor le trae inmensa felicidad veros hoy tan jubilosa, mi bella y joven esposa”.

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