• Regístrate
Estás leyendo: Soledades cómplices
Comparte esta noticia

Soledades cómplices

[Reseña]

Publicidad
Publicidad

Para Anamaría e Irma Pía,

por el cariño, por la memoria

Mario Palmero, el protagonista de Viaje al fin de la memoria de Gastón García Marinozzi (Tusquets, Mexico, 2015), quiere olvidar. Es un melancólico nato. Un solitario bastante neurótico (¿hay alguno que no lo sea?) que no soporta ni a sus compañeros de trabajo, ni a los chilangos que corren bajo la lluvia, ni al mesero del Sanborns, ni a su madre.

Mario Palmero quiere olvidar que es un desarraigado, que las identidades no se construyen por decreto, ni siquiera si se trata de un decreto materno. Quiere olvidar lo que no acabó de entender de su padre. Quiere olvidar su infancia, a su perro Tom, su precaria vida en esta ciudad nuestra. Quiere olvidar sus neuras y su acento.

Mario Palmero quiere olvidar lo que lleva tatuado en la piel. Quiere olvidar su historia, el camino que acaba de recorrer en el viejo Dodge rojo de los noventa que le dieron en el canal, quiere olvidar a los decapitados que aparecen en cualquier sitio de este país.

Mario Palmero quiere olvidar, pero Gastón García Marinozzi —¿personaje quizá inventado por el periodista del segundo noticiero más visto de la televisión?— no lo deja.

Un día cualquiera está en la redacción, escribiendo sobre cabezas cortadas y el olor a mayonesa que desprenden —la ironía será su arma; especialmente para usarla contra sí mismo. Mario Palmero se hace cotidianamente el harakiri con su irónico cuchillito; y cotidianamente sobrevive. Mala suerte, Mario—. Digo que un día cualquiera está sentado ante la pantalla, con las manos en el teclado y los audífonos a todo volumen. Suena “Sister Ray” de los Velvet. Un día cualquiera intenta seguir con su vida de homeless, cambiándose y lavando los calzoncillos y los calcetines en el baño de la oficina, porque si se trata de ser un fracasado, despojado de todo (¿de todo aquello de lo que no lograron despojarlo a los tres años y medio cuando comenzó el exilio?), lo será hasta sus últimas consecuencias. Lamentablemente para él, ese día cualquiera no será finalmente cualquier día. Será ni más ni menos que el 11 de septiembre de 2001. Así que, lo quiera o no, es parte de una historia colectiva.

Mario Palmero quiere olvidar, quiere convertirse en el rey de los misántropos. Pero Gastón —ese sonriente personaje quizá de ficción que cree controlar todo con mirada canchera— y la historia, la que se escribe con H mayúscula, no se lo permiten. ¿Será posible que no te dejen en paz, che?

Un par de mudas de ropa, unas hojas, plumas, un casete TDK con un disco de Lou Reed, y está listo para comenzar su propia road movie. Ah, y el cuchillito para el harakiri. Mario Palmero le deja las llaves de su departamento al portero del edificio, le importa un bledo mirar el Palacio de Bellas Artes desde la ventana, se despide de Yoli, la señora que cuida a su ya deteriorada madre, y comienza su novela de carretera. Sus desplazamientos no serán tan veloces como los de su adorado Céline en Viaje al fin de la noche, pero tampoco tan lentos como los de Cortázar y Carol Dunlop en Los autonautas de la cosmopista. Sino que tendrán la velocidad justa para ir permitiéndole el striptease interior que convertirá el viaje en un viaje de despojamiento. Buenos Aires, México, el fútbol y Kempes, y después el futbol (sin el acento argentino) y el refresco en bolsita, y la vida es un mal truco de circo. O dicho como buenos tangueros, Gastón: “ya sé, no me digás, tenés razón: la vida es una herida absurda”.

Mi vida se parecía a un mal truco de circo: todo a mi alrededor desaparecía bajo la batuta de un mago, de un dictador, y para siempre. No supe nada de mi padre por mucho tiempo. Y no quise saber nada de Argentina por el resto de mi vida.

Coca Cola, Adviles, cigarros… ésa es la dieta que prefiere Mario. Antes de poder tomar la carretera como rito de pasaje entre una vida y otra, entre un imposible olvido y otro, todos quieren saber: ¿ahora nos van a atacar a nosotros? ¿Quiénes? Los malos, ¿quiénes van a ser? Los árabes. Como en el siglo XV. Los Reyes Católicos expulsaron a los árabes de España después de siete siglos de convivencia, el mismo año en que “descubrieron” América. A los árabes y a los judíos. Pero bueno, los judíos siempre han sido los malos de la historia, ¿no? Los Reyes Católicos podrían haber aprendido tanto de Alfonso X el Sabio. Pero no, prefirieron la expulsión, la exclusión, la intolerancia. ¿Te parece, Mario, que ahora nos van a atacar a nosotros? ¿Pero estos árabes son los mismos expulsados de España? ¿Ahora son nuestros enemigos? ¿Cómo podría pensarse la cultura occidental sin los árabes?

Coca Cola, Adviles, cigarros… y Lou Reed para el camino. Se suma Merisi, un italiano, instalado en el desencanto burlón y quebrado, que fue fotógrafo de guerra, y Beto, un viejo periodista latinoamericano acosado por las imágenes de la violencia y sus propios escrúpulos.

También se suman los muertos: los descabezados, los de las Torres Gemelas, los de las guerras de Merisi, y tu abuelo, Mario, muerto en una de las noches del festival frente al lago de la infancia.

Todos lloran, menos mi abuela, que va con su dedo índice a despertar a los nietos, para decirnos que el abuelo se murió, que no quiere nada de llantos, y que así es la vida y qué joder. Ninguno de los tres llora, testigos del fin del mundo.

Con historia como ésta, ¿cómo vas a olvidar, Mario Palmero? Así es la vida. Qué joder.

La ruta del deseado olvido va del sur al norte, del pasado al presente, de la infancia a Manhattan. Al revés de lo que dice la intuición de muchos. Aunque en realidad, en el momento en que el Dodge rojo cruza del sur al norte, ambos son dos territorios igualmente resquebrajados, caídos. ¿Y qué decir de todo lo que queda en el medio, en especial nuestro México?

Mario Palmero quiere olvidar, pero Gastón, la Historia y las cabezas se lo impiden.

Yo tengo cincuenta años, y estuve en varias guerras, estuve en varios lugares, yo que vi tantos muertos, balas, fuego, todavía me impresiono con las cabezas mexicanas, rodando solas por ahí. Es una guerra lenta, poco a poco. […] Hay sangre desde siempre, nadie podría decir cuál fue la primera cabeza que rodó. Y ninguno de nosotros, ni los hijos de los hijos de nuestros hijos, verán la última.

Mario Palmero quiere olvidar. Reivindica su derecho a olvidar. Pero por más que lo intente, ya no es solo que Gastón, o la Historia, no se lo permitan. Es que Mario es un sobreviviente. No, me equivoco, no es un sobreviviente, es un “aparecido”. Dice Jorge Semprún en ese libro excepcional que es La escritura o la vida que cuando los soldados ingleses llegaron al campo de concentración en el que él estuvo prisionero, vio sus ojos de espanto y entendió que lo veían como a un aparecido, es decir como a alguien que ya había pasado por la muerte, que estaba regresando de la muerte. Paul Celan escribió que, a pesar de todo, la lengua sobrevivió al horror, pero quedó para siempre lastimada, dolida.

Y por eso ni Mario ni Gastón pueden olvidar. Porque es la suya también una lengua lastimada, calcinada, una lengua en duelo.

Cierro con uno de los últimos párrafos de la novela:

Somos el resultado de nuestras guerras y nuestros muertos. Y de nuestras lluvias. Estamos hechos de aquello de lo que escapamos. Nos pasamos la vida sobreviviendo y contando muertos. Hemos estado todos los años de nuestras vidas sepultando cadáveres, cuando los encontrábamos. Todos los caminos son este camino frente a la nada, frente a la memoria que se hunde en un lago en pleno invierno.

Como Mario, como Gastón, como Merisi y Beto, como tantos y tantos en nuestros dolidos países, también yo sé que “todos los caminos son este camino frente a la nada”. Y por eso, como ellos, me tatúo en la piel la frase “Estamos hechos de aquello de lo que escapamos”.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.