Más Cultura

Retazos

Toscanadas


He hecho el intento de vivir en el pasado. Aislado, sin radio ni televisión, me pongo a leer cada día el periódico de allá cuando nací y fantaseo con que ése es el presente. Pero la fantasía dura poco y acaba por romperse cuando alguien menciona el asunto de Cataluña, las corruptelas de Peña Nieto & Co., o que si México está en el grupo de Alemania. Ni modo de responder que Franco no permitirá que se parta España, o que Adolfo López Mateos no me parece tan corrupto o que México quedó en el grupo de Brasil, España y Checoslovaquia.

Sea como sea, la prensa antigua me gusta más que la contemporánea, y la consulto con frecuencia. Un periódico viejo es sucursal de la historia, y prefiero la historia al chisme.

Hoy, por ejemplo, me pregunté qué había pasado en el mundo el día en que nació Carlos Fuentes. Pero los reportes de ese día no eran especialmente emocionantes. Hubo un temblor en Oaxaca y cayeron algunas casas sin que hubiese otro culpable que la divina providencia. En Rumania hubo intento de golpe de Estado. Poincaré nombró su gabinete, en el que aparecía André Maginot como ministro de Colonias, título que habría de desaparecer, y cuyo nombre conocemos hoy por la línea militar de su creación; después sería ministro de Guerra, eso que en tiempos más blandengues llamamos ministro de Defensa.

El evento estelar de ese día no fue el nacimiento del literato, sino la conmemoración del décimo aniversario del fin de la Primera Guerra Mundial. Le Monde reportó: “Durante un minuto la vida suspendió su transcurso: un minuto de recogimiento durante el cual todos los pensamientos se trasladaron a ese 11 de noviembre de 1918, en que la guerra, a las once de la mañana, se dio por terminada”.

Y la conmemoración de la fecha me llevó a una obra maestra que también evoca la fecha. “Todos los pilotos muertos”, de William Faulkner, cuento que casi de entrada nos dice: “Y es que están muertos todos los pilotos de antaño, muertos el 11 de noviembre de 1918”. No comienza el cuento según las reglas, sino con una reflexión que de momento parece intrusa. Pero estas mismas líneas iniciales advierten que “está hecho a retazos este relato”.

Más allá de las venturas y desventuras de los protagonistas del cuento, al final Faulkner vuelve a encajar otra reflexión, otro retazo que le da sentido al texto y a la vida y a la muerte, que sirve de triste homenaje a los caídos en esa y en otras guerras, y es oración para leerse cada 11 de noviembre.

“Y eso es todo. Eso es. La valentía, la temeridad, llámesele como se quiera llamar, es un destello, un instante de sublimación, y ¡zas! De nuevo la antigua negrura. Por eso, es por eso. Es demasiado fuerte para el pan de cada día. Y si fuera el pan de cada día, no sería un destello, un resplandor. Y por eso, por ser momentáneo, solo se puede preservar y prolongar en el papel: una imagen, unas cuantas palabras escritas que cualquier cerillo, una mínima e inofensiva llama que cualquier chiquillo puede engendrar, puede desaparecer en el acto. Una astilla de madera de tres centímetros de largo con la punta embadurnada de azufre es más larga que la memoria o el dolor; una llama no mayor que una moneda de seis peniques es más feroz que la valentía o el desaliento”.

Con tales frases uno no puede vivir en el pasado, sino en la eternidad.

Google news logo
Síguenos en
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.