• Regístrate
Estás leyendo: Regulen las mulas de mi compadre
Comparte esta noticia
Martes , 26.03.2019 / 11:03 Hoy

Regulen las mulas de mi compadre

La desigualdad continúa su inexorable marcha y, desde un punto de vista estrictamente estadístico, cada vez un menor porcentaje de la población concentra mayor riqueza.

Publicidad
Publicidad

Uno de los rasgos más notorios de la revolución neoliberal de las últimas tres décadas ha consistido en la insistencia, tanto por parte de las universidades tecnócratas de élite (principalmente de Estados Unidos, pero con sus respectivas filiales en países como México), como desde la prensa mainstream, como desde la cúpula empresarial como, desde luego, por parte de nuestra clase política que jura por ese credo, sobre la idea de que las normas y regulaciones a la iniciativa privada son una especie de cáncer que ha de ser erradicado. Desde la embestida thatcherita-reaganita en contra del gobierno, hasta la proclama de Donald Trump (retomada de una propuesta de David Cameron) de que por cada nueva regulación hay que eliminar al menos dos preexistentes, la idea es que entre menos obstáculos haya para el mercado y su gran motor, la persecución del beneficio a costa de lo que sea, mejor estaremos como sociedad. De ahí la inmensa embestida contra los derechos laborales, la aplicación a rajatabla de recortes de todo tipo (preferentemente en temas como salud y educación) y, en general, la austeridad como mantra que, por supuesto, se viola en cada nuevo ciclo negativo en el que hay que rescatar a los grandes bancos o entidades financieras pues, se nos explica, de otra manera perderíamos todos. En otras palabras, la privatización de la ganancia, aparejada de la socialización de las pérdidas, ocurre siempre por el bien de todos.

Entre tanto, la desigualdad continúa su inexorable marcha y, desde un punto de vista estrictamente estadístico, cada vez un menor porcentaje de la población concentra mayor riqueza, cuestión representada inmejorablemente por esa estadística que nunca podrá ser repetida lo suficiente, consistente en que los 8 individuos (todos hombres blancos, por supuesto) más ricos del mundo poseen una riqueza equivalente a la de la mitad de la población, es decir, 3000 millones de personas.

Lo que resulta un tanto paradójico del paradigma antiregulatorio es que los potentados que nos rigen desde la cima corporativo-gubernamental que deciden el destino global –¡Que viva Davos!– en sus vidas privadas a menudo son un tanto más contrarios al espíritu de libertad irrestricta y de riesgo absoluto que proclaman como medicina para nuestra vida pública. Basta ver los complejos donde viven, fuertemente resguardados por guardias equipados con armas y con sofisticados equipos para evitar la entrada de intrusos. O también a los escoltas sin los cuales no suelen aventurarse por las calles. O el desprecio con el que se dirigen a todo aquel que no forma parte de su círculo íntimo. Y todo ello por no hablar del patriarcado bajo el cual normalmente rigen a sus familias, donde, evidentemente, no solamente los herederos del emporio serán los hijos varones, sino que las mujeres de la familia son sujetas a un régimen un tanto menos permisivo que el que ellos se asignan a sí mismos. Es curiosa la ecuación que al mismo tiempo que postula como dogma incuestionable la libertad para acumular lo más que se pueda, sin importar la devastación ocasionada en el camino, en el ámbito privado erige tantas barreras de seguridad, de acceso, de privacidad, que más bien sugieren que, un tanto orwellianamente, lo importante es que todos seamos libres, pero unos seamos más libres que otros.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.