Pepito Veneno encontró en la calle una forma de vender arte sin depender de las galerías tradicionales. Compra obra, construye su propia colección y apuesta por escenas incómodas como el ‘performance’ y el ‘noise’. En DOMINGA, retratamos a un galerista que juega con sus propias reglas, lejos de los circuitos que deciden qué merece ser llamado arte.
CRÉDITOS
Realización: CAROLINA ARTEAGA | Coordinación editorial: SALVADOR FRAUSTO, GUILLERMO SÁNCHEZ CERVANTES y ABRAHAM FLORES | Programación: JUAN NAVA | Storytelling: ARTURO BLACK FONSECA
DOMINGA.– El arte no siempre vive detrás de las paredes blancas de una galería, ni necesita el visto bueno de una institución. A veces aparece en una banqueta, en un tianguis, en un muro o en algún rincón de la ciudad donde alguien decidió exhibirlo y ponerlo a la venta. Ahí se mueve ‘Pepito Veneno’, José Luis Ávalos Vera, un galerista callejero que ha encontrado su propio lugar en el mundo del arte.
Pepito construye su colección, compra directamente a artistas y coleccionistas, y negocia a su manera. En un circuito donde el reconocimiento suele estar reservado para ciertos espacios, él ha decidido jugar con sus propias reglas. En DOMINGA retratamos a quienes mueven el arte fuera de los circuitos tradicionales. Que una galería sea callejera, improvisada o efímera no significa que no haya dinero de por medio, ni que el trabajo sea menos serio.
No existe un conteo oficial de las galerías callejeras, mucho menos un registro sistemático de los espacios que operan al margen del circuito institucional. El Sistema de Información Cultural de la Secretaría de Cultura reporta mil 022 galerías a nivel nacional, espacios formales, privados o públicos, con domicilio fijo y reconocimiento legal; en Ciudad de México hay 288 galerías para una población de más de nueve millones, esto equivale a una galería por cada 31 mil 979 habitantes.
Pero cada espacio tiene sus propias reglas: mientras algunos galeristas aportan el lugar y dejan buena parte de la gestión en manos del artista, Pepito apuesta por comprar las obras y asumir el riesgo. Lo que vende es suyo porque antes lo ha adquirido directamente de quienes lo crean o de otros coleccionistas. Uno de los proyectos que mejor resumen su universo es la Galería Venenoise. Aquí las experiencias pueden ser crudas, incómodas y hasta rituales.
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