Aunque México es un país de gran riqueza musical, en nuestros días la edición de partituras es muy limitada. No ocurría así a mediados del siglo XIX: entre 1840 y 1860 fue un negocio floreciente con ejemplares que hoy admiramos por la música que contienen y el valor artístico de sus litografías.
Las partituras fueron un negocio muy importante en esos años, asegura la historiadora y pianista Luisa del Rosario Aguilar Ruz: “Hubo un boom de la edición de impresos en general y de partituras en particular. La música era un gran negocio editorial, pero las cosas cambiaron muy pronto. Para mi tesis de doctorado estoy profundizando sobre cuáles fueron las causas”.
Adelanta que, entre ellas, está la muerte de Manuel Murguía, el productor de partituras más importante en la Ciudad de México: “Murió prematuramente en 1860, a los 40 años de edad, y su viuda sigue en el negocio, pero ya no publica música (hasta la fecha la empresa permanece y es la que edita el Calendario Galván). El movimiento que se dio entre 1840 y 1860 ya no funcionó igual porque, por un lado, bajó la producción y, por otro, empresarios alemanes vieron la oportunidad de llenar un negocio que se encontraba vacante”.
Aguilar Ruz explica que durante el siglo XIX “la única forma de escuchar música era interpretándola en vivo. Por esa razón se editaban tantas partituras, que fueron el equivalente de los discos. Eran muy populares y se vendían en establecimientos dedicados a la música, pero también en librerías, estanquillos, mercerías y otros. Encontré que había más de 40 establecimientos que vendían partituras en esos años”.
Algo que también llama la atención es que eran muy accesibles: “Como se parece más a un folleto que a un libro, las comparé con los periódicos y descubrí que costaban lo mismo. Es muy difícil saber cuál era su tiraje, pero al revisar los materiales del Conservatorio me encontré con que hay muchos ejemplares repetidos, lo que da la idea que debió ser un tiraje muy grande, pues se trata de colecciones donadas por particulares”.
Ventana a otro tiempo
Luis Hahn fue uno de los músicos que publicaron sus partituras en esa época bajo el título Recuerdos de México, al que Aguilar Ruz describe como “una ventana a otro tiempo, una invitación a la emoción”. Conaculta acaba de reeditar la obra, aunque sin la música.
Recuerdos de México, volumen que fue presentado ayer en el Museo Nacional de Ferrocarriles Mexicanos en Puebla, reúne textos de Aguilar Ruz, Guillermo Tovar de Teresa, Vicente Quirarte y una introducción de Rafael Tovar y de Teresa, titular de Conaculta.
En el libro se estudia al personaje, su época y el arte litográfico de las partituras. Ambas ediciones incluyen un disco con la música interpretada por la pianista Silvia Navarrete.
En su investigación, la historiadora se encontró con otro Luis Hahn, también alemán y botánico, que estuvo en México en la misma época. Una vez establecida la diferencia, encontró que el personaje de su estudio “vino a México supongo que para hacer investigaciones de tipo biológico y se quedó. Al morir, Ignacio Manuel Altamirano pronunció un discurso en el que, entre cosas, refiere que tenía intención de volver a su patria pero no pudo”.
La música de Hahn le encanta a Aguilar Ruz porque “tiene todo que ver con el siglo XIX: un poco de Schumann, un poco de Chopin. Es un músico virtuoso, programático y descriptivo y, al mismo tiempo, tremendamente melódico, muy suave, con armonías realmente encantadoras”.
Una serie musical*
Recuerdos de México reúne una serie de piezas para piano que se publicaron mensualmente entre 1860 y 1861, año en el que Luis Hahn se instaló en la Ciudad de México tras viajar al país como naturalista. En julio de 1861 la serie incluía al menos diez de estas piezas, que se caracterizan por su buena factura musical, por la claridad de su escritura y por las hermosas portadas que acompañan a cada una: litografías a varias tintas de edificios y lugares de la capital y sus alrededores, realizadas en el establecimiento litográfico de Manuel Cirilo Rivera.
En 1862 padre e hijo se mudaron juntos a un nuevo local en la calle de Coliseo número 4, donde publicaron otras obras de Hahn: la Mazurca dramática, para piano, y la marcha patriótica ¡Adelante!, escrita con motivo de la batalla de Puebla y dedicada a Ignacio Zaragoza y a Francisco Zarco. La calidad de las litografías del taller de los Rivera había ganado entonces el reconocimiento del público, y la marcha de Hahn no fue la excepción.
*Texto de Rosario Aguilar Ruz incluido en “Recuerdos de México”.