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Sábado , 16.02.2019 / 12:29 Hoy

‘Oh, Natalie’, de Mircea Cartarescu [POEMA]

Este poema forma parte de 'Poesía selecta', un volumen que la editorial Impedimenta publicará el próximo año. La traducción es de Marian Ochoa de Eribe.

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'Oh, Natalie', de Mircea Cartarescu, forma parte del libro 'Poesía selecta', que la editorial Impedimenta publicará el próximo año.

El poeta rumano dará una conferencia magistral este domingo 26 de noviembre, a las 20:00 horas, en el Salón 3 de Expo Guadalajara.

Cuando era mucho más joven me enamoré de Natalie Wood

(todavía hoy pienso que de todas las actrices

ella es la que más merece mi amor)

Me pongo buena nota

por no haberme encaprichado de B.B. o, válgame Dios, de Marilyn,

no me sucedió algo tan vergonzoso.

Pero Natalie Wood es muy respetable.

Yo amaba a Natalie Wood,

por las tardes paseábamos por Tunari-Dorobanti-Dionisie Lupu,

la cogía por el hombro y ella se abrazaba a mi cintura

sobre todo en otoño era realmente bonito.

No le importaba que yo llevara el uniforme del liceo.

"Mircea, me decía, Mircea,

eres maravilloso,

eres todo lo que una intelectual podría desear".

"También tú, gatita, eres maravillosa".

Caminábamos entre hojas marchitas, nadie nos comprendía,

éramos demasiado sensibles, demasiado diferentes...

"Natalie, le decía,

oh, Natalie, Natalie, Natalie,

qué bonito es tu nombre... sabes, Natalie,

todavía no soy nada,

tú ya eres famosa, tienes una filmografía a tus espaldas,

pero trabajaré, Natalie, ya verás,

ganaré dinero..."

Y las tardes de otoño eran tan tristes

y los ojos de mi amada tan profundos...

Luego comenzó a neviscar

y los tranvías lanzaban chispazos verdes al tocar los cables húmedos

pasaron los años,

yo conocí la gloria, tenía dinero y mujeres

había publicado en París y en Chicago

iba al "Cantemir" solo por costumbre, por razones sentimentales.

Por las tardes me esperaba Natalie

a la puerta del liceo, en su minúsculo Porsche,

en él paseábamos lentamente por la calle Profetului, por Caporal Troncea

y de nuevo por Viitor.

Recuerdo que una noche

detuvo el coche junto a la acera

encendió un cigarrillo en la oscuridad y con su voz sensual

(aunque ronca y dolorida entonces)

me confesó que me había engañado con un hombre. "Mircea, tenía,

tenía que decírtelo,

de lo contrario no podríamos continuar. Sabes,

yo no deseé ni un solo instante acostarme con Robert

pero es tan pesado... los rubios estos son tremendos...

pero créeme, Mircea, créeme, tú sigues siendo el mejor..."

La perdoné.

Lo que no perdonas a una depravada

se lo perdonas a una mujer superior.

"Engáñame con tus actos, no con tu pensamiento" le dije tan solo.

Luego me fui a la mili.

A Cristi Teodorescu lo visitaba casi todas las semanas Daniela.

A Mera lo visitaba su actual esposa.

Incluso a Romulus lo visitó alguna vez alguien.

Natalie no me visitó nunca.

Los domingos me quedaba como un tonto en la sala de guardia

y contemplaba cómo los demás besaban a sus novias,

cómo entrelazaban sus manitas sobre la mesa...

Cuando tocaba limpiar las armas leía "Cinema" a escondidas,

recortaba todo lo que hablara de ella, de Ella.

Durante diez años no supe nada de ella. La vida nos separó.

Hasta que, hace una semana, buscando cintas de magnetófono

¿a quién veo en "El disco de cristal", junto a Lipscani?

¡Natalie, Natalie estaba de nuevo en Rumanía!

Pero qué envejecida... No quise decirle nada

y me fui antes de que me viera (fuera la esperaba

el insulso de Redford con el Cadillac).

No, las sopas recalentadas son sosas.

No, Natalie,

has elegido, ahora sigue tu camino.

Y, sin embargo, ¿por qué, cuando volví a casa,

las diecisiete habitaciones me parecieron vacías?

A través de la ventana helada contemplé largo rato la piscina

en la que flotaba una hoja muerta...

RSE

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