A sus 71 años, Javier Bátiz (Tijuana, 1944), decano del rock nacional, no deja de hacer ruido: comenzó este año con la grabación de su disco El laberinto del brujo, y se presentó en el Festival Cumbre Tajín.
En junio ingresó a la Academia Latina de Artes y Ciencias de la Grabación, y fue invitado a la próxima entrega de los Latin Grammys. En julio, una calle de Tijuana fue bautizada con su nombre, y en agosto se anunció la inauguración del Bátiz Preservation Hall, museo y casa de la cultura que resguardan el legado de este cantante en el lugar donde nació.
Hoy la Fonoteca Nacional le rendirá un homenaje por su trayectoria. Después, desde ese día y hasta el 25 de octubre, El Brujo dará una serie de conciertos en bares de la Ciudad de México. Los lugares seleccionados son la Comandancia Live, el Multiforo Urbano Bajo Circuito, el
Be Bops Diner y el New Orleans.
En entrevista con MILENIO, Bátiz habla de su homenaje y su trayectoria.
¿Cómo se siente de que la Fonoteca Nacional le rinda homenaje?
Es algo inesperado, aunque muy bien recibido porque a estas alturas del partido recibir esta clase de reconocimientos está a todo dar. No todo mundo llega a la Fonoteca Nacional: es un honor. Al ser Javier Bátiz un rockero sin compañía disquera y sin nada, está chido. Es verdad que he grabado para distintas disqueras, pero eso ha sido durante mi camino, no en la actualidad.
Tras tantos años en el rock nacional, ¿que significa que siga vigente?
Es una bendición muy grande. Como músico no estoy buscando estar al día, no busco quedar bien. Me llega la música, la toco y, ¡bolas!, sale lo que tiene que salir.
¿Qué piensa del rock que se hace en la actualidad? ¿Se da tiempo de escuchar a nuevos grupos?
Claro. Hay un par de grupos muy buenos: Kinky y Enjambre. Tocan padrísimo. Y luego están los demás. No todos los grupos tienen calidad; así era en mi época, y así seguirá siendo. Hay grupos buenos, medianos y feos.
¿Cree que las nuevas tecnologías han ayudado al rock nacional?
De cierta forma porque, por ejemplo, Nortec utiliza tecnología disco, retro y tecno; traen su onda, pues. Algunos otros grupos utilizan otras cosas. A mí no me asustan las nuevas tecnologías, no tengo por qué.
¿Qué tanto ha influido el rock del norte de México en otras regiones del país?
Cuando me fui de Tijuana al Distrito Federal llevaba un adelanto musical de 50 o 60 años. En la Ciudad de México estaban en la olla, pero no por culpa de los músicos, sino por las disqueras. Éstas solían priorizar a las orquestas de 50 o 60 personas. No había rock; al único que conocían era a Elvis Presley.
¿Cómo lo influenciaron el blues, el jazz y el rock estadunidense?
En Tijuana había una estación que se llamaba XEA Radio Acuña, la cual a las diez de la noche transmitía un programa para Estados Unidos de música negra porque en ese tiempo estaba prohibido en ese país difundirla. Me agasajaba oyendo blues hasta las dos o tres de la mañana, hasta que salía mi mamá con el bolillo para pegarme y gritarme: "¡Acuéstate!". Tenía 12 años y mis ídolos eran Antonio Bribiesca y Claudio Estrada.
Este año se inauguró un museo sobre usted...
Para mí es importante dejar un legado musical. La gente podrá ver lo que he hecho a partir de distintas fotografías, películas, videos, discos y pósters.
¿Por qué le dicen 'El Brujo'?
Alfonso Arau, Alejandro Jodorowsky, José Agustín, Fernando G y yo teníamos un programa de televisión. Un día a Jodorowsky, que es un genio, se le ocurrió que debíamos disfrazarnos. Nosotros solíamos llegar con nuestros trajes de los Beatles, pero él nos sugirió cambiar. Fuimos frente a Televisa, con una señora a la que le decían La Mendoza López, quien se encargaba del vestuario de esa empresa y tenía ropa de cualquier época. A mí me pusieron uno de brujo, y olvídate, se me quedó como apodo.
Usted llegó al Distrito Federal en 1963 para sustituir a Johnny Laboriel en Los Rebeldes del Rock, pero no se pudo. ¿Por qué?
Porque yo tengo voz de ron y Johnny tenía una voz muy linda y definida. Me pusieron a cantar "Melodía de amor", y mientras él lo hacía muy suavemente, yo era muy ronco. A pesar de que no me quedé en el grupo, Los Rebeldes eran muy buenos amigos míos y me dieron chance de quedarme en su casa hasta encontrar trabajo. Lo encontré en La Fusa, un lugar en la calle Coahuila, y hasta ahora no he parado.