Nieve, música y sueños

Vibraciones


Piotr Chaikovski (1840–1893) comenzó a escribir la Primera Sinfonía en el invierno de 1866, a los 25 años, durante un periodo de abandono y amargura. Es música que imaginó neurótico bajo la nieve a bordo de una carroza entre San Petersburgo y Moscú: un viaje desesperado con el que buscaba poner fin a su sufrimiento.

Sufría porque su Oda a la alegría (cantata para solistas, coro y orquesta sobre una traducción rusa del poema de Schiller), que presentó el 8 de enero a manera de examen final para obtener el título de compositor en el germanizado Conservatorio de San Petersburgo, era una obra espantosa: César Cui —compositor y crítico formado en la Escuela Libre, institución antagónica al Conservatorio por defender una música rusa propia y autónoma, al margen de las reglas de Occidente— la calificó como “aberrante”; a Anton Rubinstein —director del Conservatorio— le pareció “torpe y estridente”, y Herman Laroche le escribió: “Querido amigo: estoy seguro de que tus verdaderas creaciones no harán acto de presencia antes de cinco años”.

Piotr Chaikovski llegó a Moscú para escapar de la humillación pública bajo el pretexto de impartir clases de teoría en el recién fundado Conservatorio de la ciudad —dirigido por Nikolai Rubinstein, hermano de Anton—. Se instaló en una casa ruidosa y desordenada que compartía con otros maestros. Comía poco, dormía mal y de madrugada —único momento de silencio— escribía esa sinfonía —trágica música de exilio y soledad— que había imaginado durante su huida.

Cumplió 26 años el 7 de mayo y pasó el verano de 1866 a las afueras de San Petersburgo en compañía de su padre, su hermano Modest y su hermana Sasha, quienes se escandalizaron al verlo tan descuidado: barba crecida, dobles ojeras, cuerpo flaco y el cabello castaño demasiado largo, peinado hacia atrás desde la frente.

Chaikovski convivía con su familia a la hora de la comida y por las noches y mañanas escribía su sinfonía. La escritura matinal —que emprendía tras largas caminatas— resultaba grácil y fluida, bucólica y alegre, llena de alientos y ecos melódicos de canciones populares. De noche, la neurosis destrozaba sus nervios y la escritura nocturna resultaba densa y tormentosa, de una pasión dramática —protagonizada por las cuerdas— tan intensa que terminó por provocarle ataques de pánico.

“¡Voy a morirme!, moriré antes de poder terminar esta sinfonía”, decía Chaikovski al médico que lo atendió, quien lo diagnosticó como un neurótico incurable y le prohibió escribir música después del ocaso.

Así, impedido y exhausto, con la certeza de su próxima muerte, Chaikovski terminó de escribir su Primera Sinfonía, a la que llamó Ensueños del invierno, título que anuncia una intención programática en apariencia inofensiva: los cuatro movimientos que la integran describen diferentes facetas del invierno ruso.

Escuchemos el segundo movimiento, Adagio, que lleva el subtítulo “Tierra de la desolación; tierra de la bruma”. Música lenta estructurada en torno a dos temas (el de la desolación y el de la bruma) que conforme avanzan adquieren nuevos aspectos, como si cada melodía representara un mismo panorama al que la nieve distorsiona poco a poco, a su lenta manera de acumulación blanca.

Pero —y aquí surge una clave para entender la Primera Sinfonía— el invierno es en realidad el inconsciente y la distorsión no proviene de la nieve sino de los sueños. Y es Chaikovski quien sueña. Son los terribles y hermosos sueños de un neurótico: sueños que van y vienen entre ternura y abandono, entre nacimiento, soledad y penumbra, entre ilusión y muerte.

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Hugo Roca Joglar
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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