Hay quien asegura que la de escritor es la mejor profesión para encubrir las actividades de un espía. Muchos nombres de autores reconocidos avalan esta posibilidad: Somerset Maugham, Graham Greene, Ian Fleming, Frederick Forsyth. Tal vez nadie entraría en sospechas sobre la vida secreta de un autor exitoso. Habría que imaginarlo como personaje de película de James Bond, viajando por el mundo en aviones privados y en yates espectaculares, rodeado de rubias coquetas, bebiendo champaña y saboreando manjares exquisitos, aunque con semejante vida en realidad no habría modo de sentarse a escribir nada.
Parece que una celebridad de las letras como Gabriel García Márquez ilustraría mejor que nadie la figura de un escritor con funciones de espía. Pero la idea describe más que nada las obsesiones de los políticos en el poder, que se sienten amenazados de manera permanente. Paranoicos hasta los límites del ridículo, no solo involucran de vez en cuando a un escritor conocido en tareas de investigación en su beneficio, sino que a su vez los hacen espiar.
Se supo hace unos días que el FBI envió una jauría de espías tras los pasos de García Márquez durante 24 años. Nada extraordinario si se considera que a los gobiernos estadunidenses les obsesionó siempre la posibilidad de que el autor de Cien años de soledad actuara como una suerte de 007 al servicio de Fidel Castro, con acceso a las personalidades más influyentes de la política y la cultura. El autor colombiano era dueño, en efecto, de una capacidad de negociación singular en estos campos. Cabildeó discretamente la salida o el regreso a Cuba de muchos disidentes, pero también fungió como amistoso enlace de Castro con figuras como Omar Torrijos, François Mitterrand, Jimmy Carter o Bill Clinton. Muchos se lo agradecieron.
Pero García Márquez traía a sus espaldas también un montón de espías mexicanos. Durante casi 20 años vivió bajo sospecha aquí, vigilado en sus movimientos, sus relaciones, su correspondencia y sus telefonemas.
Hace unos años una soterrada polémica en Cuba sacó a la luz la posibilidad de que Fidel Castro mantuviera bajo vigilancia al premio Nobel de Literatura, lo mismo que a otras celebridades que viajaban a Cuba. Se dijo a comienzos del 2000 que Joaquín Sabina, Antonio Gades, Naomi Campbell, Kate Moss y Jack Nicholson, entre muchas otras celebridades de paso por la isla, habían sido espiados y grabados en su intimidad. García Márquez también. Hay quien asume que una brigada especial habría sido integrada para tal fin en el organigrama de la policía política cubana y que hay por ahí un cuarto entero lleno de audios y videos con historias siniestras.
Hasta ahora no se sabe de testimonios de la inteligencia rusa sobre tareas de espionaje en torno a García Márquez. Es más probable que los franceses se hayan preocupado por armarle un expediente buscando también tras su vida sencilla un oscuro mundo de intrigas políticas.