Desde hace algunos años Ros es uno de los cartonistas de planta de un diario español; un buen día, el caricaturista mexicano decidió hacer una parada en su camino —tras notar que ya había publicado más de mil cartones—, y elegir no sólo los mejores 170 de ellos, sino también los más representativas de lo que busca transmitir.
Así surgió el libro No faltaba más (Editorial Lumen, 2018), donde aparecen náufragos, cavernícolas, parejas y todo tipo de animales, junto a oficinistas y ángeles, personajes que terminan siendo reflejo de toda una sociedad, colocados en muy distintos escenarios de lo que llaman la vida cotidiana.
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“Mis cartones no tienen nada que ver con que esté en México o publique para un diario español. Son más universales, no hablo de asuntos coyunturales ni retrato a personajes, por lo que da igual si viviera en España o en Argentina, los seguiría haciendo como hasta ahora”.

Esa manera de entender a la caricatura le ha permitido llegar a lectores argentinos, españoles o de Estados Unidos, aunque al mismo tiempo no siente despegarse de México en el sentido de que son situaciones “que nos podrían pasar a todos”, explica en entrevista.
“Son mexicanos los cartones, porque yo soy mexicano. Además, las situaciones que retrato son muy universales, muy básicas, por eso se ven identificados lectores de distintas partes: todos somos ciudadanos de donde estamos o de donde nacimos, pero también nos podemos identificar con otras nacionalidades, porque en los cartones hay temas que abordan lo que enfrentamos hoy en día”.
Encontrarse en la lectura
Los cartones de humor que aparecen en No faltaba más buscan establecer un diálogo más cotidiano con los lectores, bajo el convencimiento de que la variedad dificulta su armado, no así su lectura, dentro de una sola premisa: “Simplemente es mi trabajo, lo que digo diariamente en mis cartones”.
“A partir del ritmo que el cartón diario exige, sólo me di a la tarea de tomar de los primeros 500 los mejores, hacer un volumen de un tamaño más ergonómico, más útil para funcionar como un libro, a fin de que la gente pueda leerlos y releerlos. Son los mejores cartones que hice de ese compendio, los que están maduros, son más redondos, que pueden leer y releerse varias veces”, explica Ros.
Al reflexionar en torno a su voz de autor, el caricaturista mexicano parte del reconocimiento de que es un creador con una nacionalidad y pertenece a un tiempo, por lo que al momento de hablar en su trabajo de lo que le preocupa o de lo que le gusta, simplemente está comunicándose con otros.
“Son temas de hoy y también lo fueron de ayer, porque son muy básicos, son lo que nos hace. Una de las cosas que comunican cada uno de los cartones es que al final, en cierto nivel, todos sentimos lo mismo: creo que me puedo identificar con muchos lectores en distintos asuntos, por eso trato de hacerlos con humor”.
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Ros no siente ser un artista de mensajes, sino de emociones, donde el cartón es simplemente un formato de lectura, casi como un género similar al cuento: una historia muy condensada que lleva varios mensajes, no lleva una moraleja, “ni pretendo ser moralino”: quien lea, o relea los cartones, va a descubrir distintas capas, temas que ni siquiera había pensado al momento de hacer un dibujo, “porque el humor es muy subjetivo, cada quien interpreta a su manera”.
“Yo ‘escribo’ de esta manera, pero las interpretaciones están abiertas”, asegura Ros; no hay un solo final, el lector es el encargado de hacer su propia lectura de lo que el artista señala de manera muy simple: “no hay mensajes, es lo que está”.
AG