Cultura

“Hubo gente aquí desde hace más de 11 mil años y aún hay descendencia”: cronista Martín Salinas

Un ecosistema e historia compartidos entre el noreste de México y Texas albergó a diversas comunidades indígenas que comerciaban e intercambiaban conocimientos miles de años antes de la llegada de los españoles.

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La frontera entre el noreste de México y Texas no siempre existió. Miles de años antes de la llegada de los españoles, un ecosistema compartido albergó a decenas de comunidades indígenas que comerciaban, migraban y compartían conocimientos a lo largo de corredores geográficos.

Se trata de una región con un ecosistema e historia en común que, poco a poco, se desmenuza desde la antropología, la arqueología y la etnohistoria.

Martín Salinas Rivera, antropólogo y cronista de la ciudad de Reynosa, Tamaulipas, se ha encargado de abordar la investigación histórica, gestión documental de la arqueología y, sobre todo, la etnohistoria de esta franja transfronteriza, con su pasado y los procesos de evolución de los pueblos originarios, comunidades indígenas y grupos étnicos, entre los que hubo un importante intercambio cultural.

Su trabajo se enfoca en reconstruir los procesos de evolución e intercambio cultural de las comunidades nativas a través de la documentación. “La mayoría de los pueblos indígenas eran cazadores y recolectores, aunque algunos ya se dedicaban a la agricultura”, expresa en entrevista para MILENIO.

Como parte de su intervención dentro del Diplomado en Historia del Noreste de México y Texas, Salinas Rivera desglosó los diversos grupos que cohabitaron estos territorios desde hace aproximadamente 11 mil 500 años. A lo largo de los milenios, la zona experimentó encuentros y conexiones continuas gracias a corredores geográficos estratégicos.

El cronista destacó que los registros sobre esta región comenzaron a integrarse formalmente en distintas épocas: durante los años 1500 en las zonas pioneras, en los 1600 para el caso de Nuevo León, y hacia los 1700 en Tamaulipas y Texas.

“La antropología ha puesto las bases para el entendimiento que después aprovechan los departamentos de historia. El reto es tratar de recolectar la información de los pueblos originarios, es mucho trabajo para el historiador”.

Redes de trueque y hallazgos en la región

Así, describió que las evidencias arqueológicas descubiertas en ambos lados del Río Bravo confirman que existía un flujo constante de bienes y saberes. Destacan objetos elaborados con materiales específicos, como puntas de lanza, piezas de cerámica y herramientas trabajadas en concha o caracol marino.

Uno de los hallazgos más representativos se ubica en la Cueva de la Candelaria, en Coahuila, donde se han recuperado artefactos de caracol marino originarios del litoral, lo que demuestra la existencia de redes de trueque a larga distancia que cruzaban el cauce del Río Bravo.

“Hay rasgos en la arqueología del lado americano y del mexicano de producción de materiales de caracol marino que no tiene otra región, pero eso aparece aquí en Coahuila, en la Cueva de la Candelaria, que reflejan un trueque de materiales con aquella parte del Río Bravo. Hay que resaltar la visión de que hubo gente aquí desde hace más de 11 mil 500 años y en la actualidad hay descendencia”.

Diversidad lingüística y preservación de la memoria nativa

Entre las etnias estrechamente emparentadas por lengua y costumbres sobresalen los conchos, chisos y tobosos en los límites de Chihuahua y Coahuila; los coahuios; los alazapas; y los karankawas, cuya presencia se extendía desde las zonas costeras de Galveston y Corpus Christi hasta el norte de Tamaulipas. Asimismo, los guachichiles ocupaban una vasta franja territorial que conectaba a Saltillo con el norte de Michoacán.

“Debemos tratar de entender ese mundo del noreste, conocer esa población, no solo la novohispana, sino también a la población nativa, tanto en el periodo histórico como en el periodo arqueológico y la prehistoria”.

La diversidad lingüística también fue un rasgo identitario clave. En la región convivieron comunidades de la lengua quinigua, que agrupaba a unos 60 grupos étnicos, y de la lengua sanan, hablada por al menos 14 comunidades entre el sur de Texas y el nororiente de Coahuila. De igual forma, del dialecto hasinai, perteneciente a la familia caddo en las cuencas del este de Texas, surgió el vocablo tejas, que originalmente significaba “amigo”.

Para el cronista de Reynosa, la meta actual radica en comprender integralmente el devenir norteño, integrando no solo la visión novohispana sino el pasado nativo en sus periodos prehistórico y arqueológico.

Para lograrlo, enfatizó que el conocimiento científico debe transitar por un rigor académico sustentado en aparato crítico, para luego traducirse en libros de divulgación que acerquen finalmente esta memoria histórica a toda la sociedad.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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