“Bailar las penas no significa hacer como si no doliera. Significa permitir que el dolor circule. Que tenga ritmo. Que pueda salir del lugar donde se quedó atrapado y reprimido”, explica María Mulata a MILENIO sobre una de las canciones principales de Etérea y Terrenal, su disco más reciente.
Para la cantante, compositora e investigadora colombiana, el cuerpo es un territorio donde se expresan las emociones. Por eso el canto, los tambores y la danza permiten atravesar las experiencias difíciles, una visión que conecta con las tradiciones musicales de América Latina.
Con más de dos décadas de trayectoria, María Mulata recibió la Gaviota de Plata en el Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar en 2007 y ha sido nominada en dos ocasiones al Latin Grammy, en la categoría de Mejor Álbum Folclórico. Ahora, con diez canciones, propone un recorrido íntimo que reivindica la memoria cultural de Colombia.
Bailar las penas: transformar el dolor en movimiento
Partiendo de que una de las canciones se llama Bailar las penas, ¿qué significa para ti convertir el dolor en movimiento y celebración?
En nuestras culturas, el cuerpo siempre ha sido una forma de atravesar lo que nos pasa. Se canta, se toca el tambor, se baila, se llora desde las entrañas, se celebra incluso en medio de momentos difíciles.
En Palenque de San Basilio, primer pueblo libre de América, se celebra, se canta y se baila durante nueve días por los muertos para ayudarlos a trascender, y supongo también que para sobrellevar la pena.
Entonces, bailar las penas no significa hacer como si no doliera. Significa permitir que el dolor circule, que tenga ritmo, que pueda salir del lugar donde se quedó atrapado y reprimido. ¿No es maravilloso?
Etérea y Terrenal habla de la herida, el deseo y la sanación ¿Qué proceso personal o artístico hay detrás?
Durante varios años estuve atravesando preguntas sobre la felicidad, el amor, la pérdida, el desamor y también sobre esas heridas que uno aprende a esconder para poder seguir adelante.
Fue un proceso de volver a mí misma, de mirar algunas cosas que dolían, pero también de preguntarme qué podía hacer con ellas. Y ahí apareció la música como un territorio de transformación: cantar lo que duele, ponerlo en palabras, en ritmo, en cuerpo y finalmente poder moverlo.
Por eso el álbum transita de la oscuridad hacia la luz. La vida sigue teniendo heridas, solo que aprendemos a habitarlas de otra manera, y el arte para mí ha sido ese camino.
El título plantea una dualidad entre lo espiritual y lo material. ¿Cómo conviven esos dos aspectos en tu manera de crear?
Para mí no están separados. Somos seres espirituales viviendo una experiencia terrenal: tenemos cuerpo, deseo, hambre, placer, cansancio, emociones, heridas, relaciones… y al mismo tiempo tenemos sueños, intuición, memoria y preguntas que no siempre podemos explicar.
Creo que mi música vive justamente en ese lugar intermedio. El tambor tiene tierra, el cuerpo tiene tierra, pero cuando una persona canta también está invocando algo que va más allá de ella.
La tradición, una raíz viva
Al ser también investigadora de músicas tradicionales, ¿cómo se transforma una tradición sin perder su esencia?
Una tradición está viva porque alguien la sigue cantando, tocando, transformando y transmitiendo. Para mí, investigar no significa copiar una forma del pasado, sino comprender de dónde viene, qué significa, quién la ha sostenido y qué memoria contiene. Cuando conozco esa raíz, puedo dialogar con ella desde mi propio tiempo. Para que eso sea posible, hay que viajar al territorio, vivirlo desde el origen y luego transmitirlo desde tu propia esencia.
La esencia está en comprender el espíritu que la sostiene. Por eso puedo poner un tambor tradicional al lado de una textura electrónica y seguir hablando desde una raíz que reconozco y respeto.
En el álbum conviven instrumentos y sonoridades acústicas con elementos electrónicos. ¿Qué posibilidades creativas encontraste al poner a dialogar esos dos mundos?
El tambor tiene una memoria ancestral, corporal, muy concreta. La electrónica puede crear atmósferas, profundidad, tensión, incluso llevarte a lugares más oníricos. Al ponerlos juntos encontré una manera de hablar del presente sin abandonar el lugar de donde vengo.
Además, era esencial para representar la conexión con lo etéreo, especialmente en las canciones donde más se experimenta, como Hechicera y Noche Oscura. Creo que fue la manera en la que conseguí expresar mi experiencia espiritual, de conectarme con el uno, en estas dos canciones más experimentales, si se quiere.
En el álbum participan Manu Sija y Marta Gómez. ¿Qué aportó cada colaboración al universo que estabas construyendo?
Cada colaboración abrió una puerta diferente. Manu Sija tiene una manera muy particular de entender la música de raíz desde la contemporaneidad. Su presencia en La Rueca aportó esa posibilidad de hilar distintos territorios latinoamericanos y encontrar un lenguaje común.
Y Marta Gómez llegó a Bailar las penas desde un lugar muy sensible. Su voz tiene una intimidad que dialogaba profundamente con la canción. Fue hermoso porque no se trataba simplemente de sumar una voz invitada, sino de permitir que otra sensibilidad transformara la canción.
Creo que una colaboración verdadera ocurre cuando la canción deja de pertenecerte completamente y se convierte en un territorio compartido.
Colombia ante nuevos públicos
Vienes de una gira por Europa. ¿Qué descubriste sobre la manera en que públicos de otras culturas reciben una propuesta vinculada con América Latina?
Es hermoso saber cómo en otras latitudes nos hemos ganado el respeto con nuestra cultura. La labor que hizo nuestra gran Totó la Momposina abriendo los públicos es invaluable.
Es lindo encontrar gente nueva que necesita los ritmos latinos para experimentar un poco de alegría; encontrar gente que viajó dos horas para ir a verte. Es emocionante encontrarte al colombiano que vive un proceso de desarraigo y que te diga: “Gracias, tú me has llenado el alma de Colombia”. Eso no tiene precio.
Dejar el nombre de Colombia en alto es parte de mi misión en esta vida. Porque Colombia es río, montaña, mares, selvas, cultura, gastronomía, diversidad… Eso es lo que somos.
Has recibido una Gaviota de Plata en Viña del Mar y dos nominaciones al Latin Grammy. ¿Esto cambió tu relación con la industria musical y con la idea del reconocimiento?
Una Gaviota, una nominación o un escenario importante pueden abrir una puerta, pero después tienes que seguir creando, investigando, cantando y sosteniendo tu propio camino.
Los artistas independientes luchamos por la visibilidad, y ganar premios de alguna forma te abre esa puerta. Hoy, el reconocimiento que más me importa es sentir que una canción llegó a alguien y le movió algo. Que una persona se vio reflejada en ella, que alguien encontró consuelo, fuerza o simplemente ganas de bailar. Eso para mí también es éxito.