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Lunes , 18.03.2019 / 14:32 Hoy

Los usos de la magia

Didion expone con frases breves, contundentes, su paseo por los inframundos de la pérdida.

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Para Lucy


En su libro El año del pensamiento mágico, Joan Didion utiliza un concepto al que denomina “el vórtice” para referirse al tren de pensamientos en apariencia inconexos, de carácter fuertemente acusatorio, que en un proceso de duelo desembocan por producir en quien lo padece la inexorable certeza de haber sido el culpable del desenlace fatal. En su caso, el vórtice era de tales magnitudes que procuraba no pasar por donde alguna vez viviera con su esposo muerto y su hija gravemente enferma, pues si la situación ya era de sola muy difícil de sobrellevar, Didion se da cuenta de que casi peor era la concatenación de pensamientos que formaban una cadena lógica donde cada acto de ella hubiera en el fondo contribuido a la pérdida de sus dos seres más queridos.

En el caso específico de su esposo, Didion se tortura hasta niveles inenarrables, recordando si tal o cual frase en realidad fue una premonición de su muerte próxima, o imaginando los infinitos actos cotidianos que ella pudo hacer de mejor manera, para los cuales ya no habría una nueva oportunidad. Y la parte alusiva al pensamiento mágico hace referencia al hecho de que si bien racionalmente sobrellevaba como mejor podía lo sucedido, en algún otro nivel seguía pensando que si no tiraba sus zapatos, su marido muerto podría de pronto resucitar para que pudieran retomar su normalidad cotidiana.

Lo que resulta fascinante, y quizá ahí reside el poder de su libro más célebre, es que es precisamente a través de un recuento extremadamente minucioso de la culpa y el dolor inherentes a todo duelo, que Didion pareciera alcanzar un estado parecido a la quietud frente a sus pérdidas. Un poco a la manera de esa idea de Nietzsche que reza que los hechos son inalterables, pero lo que sí podemos hacer de manera distinta es interpretarlos, Didion expone con frases breves, contundentes, su paseo por los inframundos de la pérdida, pero al hacerlo se ofrece tanto a sí misma como a sus lectores una especie de terapia de choque donde la única forma para sobreponerse a la pérdida es afrontarla en su más directa sordidez. Aun así, se reserva para momentos especiales el recurso del pensamiento mágico, para que la invocación en la fantasía del retorno del ser amado funcione como dique temporal para contener al vórtice que amenaza con devorarlo todo, pues comprende que en el duelo la mente prácticamente se regresiona a un estado indiviso, donde aspira a fusionarse con la no-existencia de los ya partidos: “Pensaba como piensan los niños pequeños, como si mis pensamientos o deseos tuvieran la capacidad de revertir la narrativa, modificar el desenlace. En mi caso, este pensamiento disruptivo había permanecido oculto, tanto a los ojos de los demás como de los míos propios, pero, en retrospectiva, me di cuenta de que había sido tanto urgente como constante”.

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