Hay en Tijuana muros tangibles que han sido inundados de color con el deseo, quizá, de brindarles un poco de bondad en medio de la separación que generan, pero también existen personas que cada día tiran las bardas construidas con metal y piedra de manera metafórica, retando a ese sistema que prefiere separar a los humanos que impulsar una unión de culturas que no se puede negar.
En la orografía de la Baja se une el mar con lo desértico, las grandes piedras con la suave arena. Y ahí, pasando de lado garitas y deseos, se abre el muro de Playas hasta perderse en el agua. En su límite mexicano, la gente espera. No se sabe qué: a cada uno lo lleva un anhelo diferente, ya sea ver a su familia, contemplar lo que hay “del otro lado”, besarse con la pareja celebrando que, a diferencia del ansia de poder, nada separa al amor; comer alguna garnacha y ver el sol meterse entre esa barda que refleja la estúpida ansiedad humana por delimitar la vida, la tierra, el trabajo. El futuro.
Las artes brotan en Tijuana como las langostas en Rosarito. La larga fila de muro que sube y baja según lo permita el terreno, acompaña al visitante durante el camino. Ahí está ya, un pedazo de la barrera de Trump. “Es más alta, es más fuerte que la anterior”, dice un promotor turístico. En Playas, el joven Marcelo presume que en dos minutos puede pasar al otro lado y tocar una palmera que espera en esa zona vacía que contrasta con la del lado mexicano por su falta de gente y de folclor. “¿Qué harás cuando acaben el nuevo muro?”, le pregunto. “Me voy a tardar más tiempo en librarla, pero lo haré, aunque me rompa los zapatos”, responde, enseñando las chanclas viejas y cuarteadas que lleva en los pies.
Es Tijuana, una ciudad como no hay otra igual, una rebelde que se sale de lo políticamente correcto para ser libre más allá de censuras y grilletes invisibles. Un espacio que se abre para ser poseído por quienes saben que en este norte nada es puro. La fusión marca el territorio y, aquí, las fronteras solo están delimitadas por la imaginación.
mrf