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Martes , 23.04.2019 / 20:04 Hoy

Latinoamérica renovada

En esta edición de la FIL están garantizadas nuevas aproximaciones a la literatura de la región.

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Hace un año, el invitado a la FIL fue Latinoamérica. Al margen de los análisis que se hicieron sobre la pertinencia de dicha invitación, lo cierto es que Guadalajara se vio habitada por decenas de autores del continente. El evento permitió que se discutiera en torno a la pertinencia de hablar de lo latinoamericano como un concepto abarcante a partir de sus semejanzas y no de sus diferencias. A todos nos quedaba claro que partíamos de una lengua común y, con ella, de un primer acercamiento al mundo a partir del lenguaje. Pese a lo anterior, también fueron evidentes las desemejanzas. Tan es así que las mesas del país invitado (o región) fijaron sus temas basándose en ciertas particularidades literarias que trascienden al continente que habitamos.

Tuvimos, pues, ocasión de presenciar discusiones en torno a la literatura femenina, la feminista, la gay, la policiaca, la de género, la intimista, la romántica y muchas más. Eso, a la larga, nos dejó con la certeza de que, si bien somos latinoamericanos, nuestra literatura es tan diversa como la de cualquier otra zona geográfica. O, mejor aún, no está restringida solo por nuestros lugares de origen y residencia sino por nuestras preocupaciones a la hora de escribir libros.

En contraste con la FIL anterior, cuyo país invitado era una de las regiones más vastas del planeta, ahora es el turno de una sola ciudad: Madrid. No es la primera ocasión en que esto sucede pero no deja de ser significativo el contraste con la edición anterior. El contraste es por lo extenso pero, de alguna manera, esta ciudad también funciona como una parte de aquella región (para no entrar en polémicas en torno a conquistas, descubrimientos o simples arribos). Para todos es claro que la intersección entre Latinoamérica e Hispanoamérica es un territorio igual de grande y rico en tradiciones literarias. Así que todo indica que la fiesta continuará.

Durante las más recientes ediciones de la FIL (cinco o seis, para algunos; diez o doce, para otros), hemos sido testigos de la recurrencia de los escritores. Edición tras edición nos topamos con amigos, conocidos, miembros de una generación particular. Con los autores latinoamericanos esto sucedía mucho. La FIL ha sido un gran punto de encuentro a lo largo de los años. Pese a ello, a veces sonaba que los nombres se repetían demasiado. Esto, claro está, no es responsabilidad de la Feria sino de la industria editorial: es ella quien busca traer a sus mejores escuadras para competir en la cancha de las presentaciones, mesas, ponencias y debates. De ahí que sea no solo comprensible sino lógico que elijan a sus autores más populares, a los reconocibles.

El hecho de que sea Madrid el invitado de honor ha provocado que las editoriales sonrían complacidas. Una buena parte de la delegación madrileña es también parte de ese convoy de autores que se han vuelto recurrentes. Vienen muchos más, por supuesto, junto con esos viejos conocidos a los que da gusto encontrar de nueva cuenta. Debemos aceptar que la FIL es un escaparate y que los autores hispanoparlantes tienen el atractivo de la cercanía cuando no del exotismo. Así que, si quitamos a los mexicanos que son una gran mayoría, los españoles ocuparán el segundo lugar en asistencia.

Este es un fenómeno peculiar que permite un movimiento interesante: gran parte de los autores latinoamericanos que vendrán a la FIL son primerizos en estas latitudes. Una aclaración: también llegan varios quienes esperamos año con año (Sergio Ramírez, Claudia Piñeiro, Héctor Abad Faciolince, Wendy Guerra, Evelio Rosero, José Ignacio Valenzuela…). Enhorabuena. Sin embargo, interesan mucho más a quienes, injustamente, asociamos con los “desconocidos”.

  • José Ignacio Valenzuela.

  • Sergio Ramírez.

Interesan, claro está, porque abren una posibilidad de diálogo a la que no hemos tenido acceso. Sus presencias garantizarán nuevas aproximaciones a la literatura de la zona. Uno como lector se ilusiona mucho cuando se le presentan alternativas novedosas. Los libros desfilarán al por mayor de la mano de sus autores. Además, estos escritores estarán agrupados en una serie de mesas bajo el epíteto de “Latinoamérica viva”. Un título por demás acertado. El relevo generacional ha comenzado y, por fortuna, somos parte del proceso.

Ahora bien, no seamos ingenuos. Tratarlos de “desconocidos” tiene mucho de injusticia. Varios de ellos son altamente reconocidos en sus países. Sin ir más lejos, en esta edición el Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz se le ha otorgado a Nona Fernández, una brillante autora chilena que ha ocupado buena parte de su obra al rescate de la memoria. Junto con ella, la delegación latinoamericana cuenta con méritos suficientes para alzar una voz clara y contundente. La que está avalada por sus obras. Muchos de estos libros son un cauce a la comprensión de una Latinoamérica que, es cierto, cada vez es más difusa pero, al mismo tiempo, sigue conservando referentes comunes con cada uno de nosotros.

Si algo define a nuestra región más allá del idioma es la forma en que nuestras problemáticas se replican de un país a otro. Ambos puntos de partida son los que posibilitan la comprensión del mundo de una forma específica, la misma que nos permite situarnos en él. Así, ser capaces de abrevar de la experiencia del otro a partir de sus trabajos literarios nos suma a esa experiencia vital que ayuda a participar de su contexto. Un tiempo y un espacio que, siendo bastante permisivos, también nos pertenece. La discusión, entonces, no está en ser capaces de delimitar las conductas o los escenarios que nos permitan reconocernos como latinoamericanos. Va más allá.

Se centra en el hecho ineluctable de sabernos parte de ese proceso cultural que nos permite habitar el mundo de la forma en que lo hacemos. El relevo de la delegación latinoamericana nos hace desear que todos estos autores se incorporen a nuestra propia experiencia. Bienvenida sea esta Latinoamérica renovada.

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