En los últimos tres años, la escultura ecuestre del rey Carlos IV de Borbón, obra del arquitecto y escultor valenciano Manuel Tolsá (1757-1816), ha dado mucho de que hablar. Sobre todo porque fue dañada de manera irreversible por personal de la compañía Marina Restauración de Monumentos que la limpió con ácido nítrico.
La estatua, conocida popularmente como El Caballito, fue realizada por órdenes del virrey de la Nueva España, don Miguel de la Grúa Talamanca de Carini y Branciforte (1794- 1789), para honrar a Carlos IV, entonces rey de España y de las Indias. Para ello se buscó a Tolsá, el arquitecto por excelencia de ese momento, quien se desempeñaba como director de la Academia de San Carlos.
Larga ha sido la cabalgata de El Caballito desde hace 213 años. Ha paseado por distintos puntos de la ciudad hasta llegar a la plaza que lleva el nombre de su autor, donde ahora es restaurada, con la esperanza de recuperar su antiguo esplendor.
En el corazón de la ciudad
La primera morada de la estatua concluida en 1802, fue la Plaza Mayor, hoy Plaza de la Constitución, en el corazón de la ciudad. Corría el año de 1803 cuando se colocó en este lugar para su inauguración el 9 de diciembre. De acuerdo con Liliana Giorguli, coordinadora nacional de Conservación del Patrimonio Cultural del Instituto Nacional de Antropología e Historia, encargada del proyecto de restauración, con el triunfo de la Independencia en 1821, la escultura ecuestre que evocaba a la corona española, tuvo que ser cubierta para que no sufriera ningún atentado.
También se le protegió con un templete semicircular. La medida se tomaba dado que el 27 de septiembre de ese año entró triunfante a Ciudad de México el Ejército Trigarante con Agustín de Iturbide al frente.
En 1824 se decidió trasladarla para su resguardo al patio de la Universidad Pontificia, a unos 500 metros de la Plaza Mayor, donde hoy se encuentra la Suprema Corte de Justicia. En este lugar permaneció hasta 1852, año en que salió de nuevo a la luz por iniciativa de Miguel Lerdo de Tejada, quien planteó que la escultura de 9.5 metros de alto, después de haber permanecido oculta durante casi tres décadas, se colocara en la Glorieta de Bucareli y Paseo de la Reforma.
De acuerdo con Giorguli, ese año, Lorenzo de la Hidalga (1810-1872) le construyó un pedestal que resaltaría la presencia de El Caballito en su nueva reubicación. Además se colocaron dos placas de mármol conmemorativas. En esa época la obra escultórica fue repintada y remozada, en una suerte de restauración.
La escultura de Tolsá, una de las más bellas del mundo —entre las que destacan la de Marco Aurelio y la Victoria de Samotracia, del Museo del Louvre en París—, no ha tenido únicamente un jinete. Lo mismo fue montada por los soldados de Emiliano Zapata y Francisco Villa en la Revolución mexicana, que por manifestantes durante los movimientos estudiantiles de 1968 y 1971.
A fines de los setenta se decidió que era tiempo de un nuevo cambio.
El 28 de agosto de 1979, por una propuesta del arquitecto Sergio Saldívar, entonces director de Sitios Patrimoniales y Monumentos del Departamento del Distrito Federal, cambió nuevamente de sede. En medio de una gran ceremonia, encabezada por el presidente José López Portillo, El Caballito detuvo su trote para instalarse en la Plaza Tolsá, frente al Museo Nacional de Arte y el Palacio de Minería, edificio construido por el propio arquitecto.
Allí, en la calle de Tacuba, el monumento es limpiado y restaurado por especialistas para reparar los daños causados por la intervención inadecuada a la que fue sometida en septiembre de 2013. Ya el destino decidirá si la Plaza Tolsá será su morada definitiva.
Peccata minuta
La estatua fue elaborada en el taller de Manuel Tolsá, que estaba ubicado en el Colegio de San Gregorio, en la calle de San Ildefonso, edificio que actualmente alberga a la Universidad Obrera. En este trabajo escultórico se aplicó el moldeo a la cera perdida, técnica muy antigua que surgió en diversas culturas al mismo tiempo y ha resultado muy certera.
Saúl Alcántara Onofre, coordinador de vinculación de la división de Ciencias y Artes para el Diseño de la UAM Azcapotzalco, dice que gracias al escaneo en tercera dimensión realizado a la escultura con 214 años de antigüedad, se pudieron detectar algunos errores en la obra de Tolsá. Estos provienen lo mismo desde su fundición, que de años posteriores. En los resultados dados a conocer el 30 de abril de 2014, se advierten, por ejemplo, pequeños parches en el cuello y en un glúteo, así como una grieta histórica y un drenaje antiguo que es necesario destapar debido a que se acumula agua. Pero, ante su magnificencia, esos son peccata minuta.