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Sábado , 16.02.2019 / 08:14 Hoy

¿Sirve de algo la fantasía?

A fuego lento

Con una buena idea no se escribe un libro perdurable de cuentos; si acaso, es posible comunicar una anécdota
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Es más, con una buena idea puede escribirse un libro y solo eso, un libro que apenas tiene una función decorativa.

Pongamos La fiesta y el toro (Libros Magenta, México, 2018) —trece cuentos— como ejemplo reciente. Bruno Fuentes Rivera debuta con él seguro de que la fantasía indisciplinada puede echar tierra sobre la torpeza narrativa, la verborrea, la impericia sintáctica y aun ese tipo de ingenuidad que se adueña de las reuniones en las que un grupo de muchachos beben cerveza, fuman mariguana e intentan articular una historia queriendo ser originales. Vaya con la aspiración a la originalidad: un fruto ya podrido a estas alturas de la historia literaria.

La fantasía sin escritura que ofrezca ayuda alguna puede observarse en “Cortometraje de agua”, en el que una pareja se embarca en la aventura de filmar los vaivenes climáticos de un pueblo y se ve de pronto tragada por una cámara; en “Buitres lectores”, que ofrece a un turista perdido en el desierto y en el trance de morir devorado por cuatro buitres que mientras tanto fingen leer los papeles que carga en su bolsillo; o en “Vida y muerte de Mora”, en el que presenciamos la rápida carrera del personaje hacia las muchas edades humanas. Hay también un dios que muere de cansancio, un reloj sin ganas de marcar el paso del tiempo y, sobre todo, un texto primigenio y omnipresente que sugiere el orden cósmico, la metamorfosis y la permanencia, y con el cual Fuentes Rivera pretende hilar todos los cuentos. Se diría que un mapache o un semáforo habrían dado el mismo resultado sin concierto.

Y es que parece que la fantasía no necesita de asideros. Va con tanta confianza en sí misma que se deja acompañar por frases de este carácter: había “millares de papas fritas, cervezas y botellas de tequila”; “un sangriento tesoro que llevaban siglos queriendo linchar” (¿cómo, pregunto, podríamos linchar a un tesoro?); “escuchamos el golpeteo de las olas contra la costa y los gemidos de las gaviotas” (¿gimen las gaviotas como gimen los camarones de río?); “nos llevó el acuático nivel del mar” (por fortuna, no se trató del subcutáneo nivel del mar).

En fin. Si vas a escribir un cuento, y levitas después de dar con una frase de seis palabras, pon los pies en la tierra y resuélvela en tres palabras: no “Sacaron los restos de su cuerpo” sino “Sacaron sus restos”.

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