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Jueves , 25.04.2019 / 13:26 Hoy

La cuestión americana

Libros

Fantasmas de la luz y el caos: 1801-1802 es la continuación del ambicioso proyecto del escritor y ensayista Jorge Aguilar Mora, sobre el siglo XIX.
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Jorge Aguilar Mora continúa con su ambicioso proyecto de hacer la crónica del siglo XIX año por año, abarcando “la historia, el pensamiento, la vida y las catástrofes”, como recuerda en al aviso que abre el segundo volumen Fantasmas de la luz y el caos: 1801 y 1802 (Era, 2018); con el primero, Sueños de la razón: 1799 y 1800, obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia 2015. Reitera que el principio que guía la escritura del proyecto es que el narrador cuenta lo que va sucediendo conforme los hechos ocurren. El futuro no tiene cabida.

El periodo que ha elegido Aguilar Mora para este libro comienza a finales del siglo XVIII —el Siglo de las Luces o de la Ilustración—, cuando el ser humano se aleja de toda explicación religiosa y va imponiendo la Razón como único criterio para alcanzar la verdad. En lo que nos atañe como americanos, el hilo narrativo a destacar es cómo el Nuevo Mundo se va integrando al proceso histórico universal, a despecho de los prejuicios europeos, que consideraban a sus habitantes seres de segunda. Aguilar Mora sigue a dos personajes disímbolos: el científico autodidacta colombiano Francisco José de Caldas y al político y humanista estadunidense Thomas Jefferson.

Por sus intereses y logros alcanzados, Caldas resulta un par del geógrafo, astrónomo y naturalista alemán Alexander von Humboldt (personaje que apareció en el primer volumen y que en este segundo mantiene su importancia), con el que se encontrará en su país y quien no dudará en reconocer su genio. 

Por circunstancias personales de Caldas, un primer encuentro planeado no se llevó a cabo, pero le dejó a un amigo documentos y aparatos para que se los mostrara al sabio alemán; al final fue su padre quien cumplió el encargo, enseñándole además otros textos e instrumentos que deslumbraron a Humboldt. A pesar de los problemas, su encuentro se cumplirá y viajarán juntos para hacer investigaciones; Caldas, a pesar de la precisión de los datos que obtuvo con los instrumentos creados por él, con fruición infantil, usará los traídos por Humboldt. Si el colombiano anhelaba el encuentro con el alemán, se debía a que, aislado, dudaba de la veracidad de sus resultados obtenidos con los que consideraba rústicos aparatos. 

Alexander von Humboldt

Como expone Aguilar Mora, este americano alcanzó, por su pura intuición, algunas de las conclusiones de Kant (y aquí recupera otro hilo narrativo del primer volumen, en el que destaca la relevancia de los filósofos alemanes). Conviviendo con Von Humboldt, continúa, alcanza el segundo momento de la filosofía kantiana: “ya no solo el de la misteriosa correspondencia del conocimiento con la realidad, sino también el de la coherencia de la naturaleza consigo misma y con la presencia del hombre, en una palabra, la Totalidad”.

​Tercer presidente de Estados Unidos después de George Washington y John Adams, Thomas Jefferson tuvo como objetivo hacer de su país la principal potencia americana que se enfrentara sin complejos a los europeos. Para ello, consideraba, la expansión territorial hacia el Oeste, que en su momento afectaría a México, era una condición que tenía que cumplirse imperiosamente. Encontrar la ruta que uniera las regiones Este y Oeste de lo que en el futuro iba a ser Estados Unidos se volvió una meta prioritaria. El Gran Paso del Noroeste, como se le conoció, era algo más asequible que la Fuente de la Eterna Juventud y El Dorado. Con Jefferson ya está perfilada la Doctrina Monroe: “el destino de la nueva nación es extenderse hasta el Pacífico y después a todo el continente americano”, anota Aguilar Mora, y esa idea la compartían la gran mayoría de los dueños de plantaciones de lo que en ese tiempo era la versión pequeña de Estados Unidos.

​Con respecto a las poblaciones negra e india, e incluso con los españoles, existía un sentimiento de superioridad, pero la paradoja es que en Europa los habitantes blancos de Estados Unidos también eran considerados inferiores. El juicio del conde De Buffon, en palabras de Aguilar Mora, de que “este continente es un gran pantano donde solo pueden reproducirse las especies inferiores”, dominó la opinión europea; si bien, cuando el noble francés conoció a Benjamin Franklin, observa, “perdió la seguridad de muchas de sus afirmaciones”. Los jesuitas, expulsados de las colonias españolas americanas, que terminaron instalados en Italia cuando esta discusión estaba en su apogeo, se volvieron vehementes defensores de lo americano; asimismo, Thomas Jefferson, quien publicó sus refutaciones en un folleto cuando fue embajador en Francia. Pero, como anotamos antes, en el fondo continuó aceptando la superioridad blanca que llevaría a Estados Unidos a ser una potencia mundial.

El nacimiento de la novela moderna, la revolución musical de Beethoven y la relación de amor (de parte de ella)-odio (de parte de él) entre Madame de Staël y Napoleón son otros asuntos que mantienen el interés del lector en esta erudita crónica de Aguilar Mora.

​ASS


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