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Martes , 19.03.2019 / 18:10 Hoy

La recia ofensiva del jazz

“La habilidad de los músicos cubanos para adaptarse al idioma del jazz causó furor en París”, según describe Alejo Carpentier.

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En su nota editorial para el libro Temas de la lira y el bongó (Fondo de Cultura Económica, 2017), Silvana Garriga afirma que su autor, Alejo Carpentier, no llegó a la música por azar, pues en su casa “era tan cotidiana como el entorno campestre”. Su padre, alumno de Pablo Casals; su madre, ejecutante de piano, y su abuela, discípula de César Franck, sembraron en él la semilla.

El escritor y musicólogo, amigo de músicos como Darius Milhaud, Edgar Varese y Heitor Villa-Lobos, fue gran impulsor de las obras de compositores vanguardistas, como Esteban Salas y Alejandro García Caturla, así como de la música popular cubana. Testigo de la invasión del jazz en el mundo, llevado a Cuba por el violinista Max Dolin, habla del género en varios de los textos escritos entre 1923 y 1939, que incluye artículos, ensayos, conferencias y cartas seleccionadas por Radamés Giro.

“La única fuerza sonora que ha podido equipararse con la del jazz, en el siglo XX, es la de la música cubana”, escribe en uno de los artículos. La habilidad de los músicos cubanos para adaptarse al idioma del jazz causó furor en París, según describe Carpentier al hablar de un espectáculo que uno quisiera haber presenciado, sobre todo cuando “comienza a escucharse una serie de foxtrots insólitos: La Traviata —¡enhorabuena!— en tiempo de blues; Madame Butterfly sacudiendo los hombros al ritmo de un black-bottom (…) el ballet de Fausto, Carmen, la obertura de Guillermo Tell y finalmente la obertura de Tannhäuser, traducidos al idioma del jazz, con vibrati de trombones, seco tableteo de bloques chinos y quejas del cobre sonoro…”.

Describe la “recia ofensiva” del jazz, comandada por Louis Armstrong y otros, “con sus trompetas acrobáticas, sus vocalizaciones intrépidas, sus agrios acordes de banjo”. Habla también del gran impacto de la bailarina Josephine Baker, quien improvisaba “una danza capaz de aterrorizar a las pastoras y comediantes de Watteau”, en tanto que desdeña a Paul Whiteman, autor de un jazz sinfónico “muy inferior, a mi juicio, al que producen las orquestas de un Duke Ellington o un Red Nichols...”.

El autor de Concierto barroco celebra la identidad que han logrado las músicas de raíces negras en América, cuando afirma que “así como el jazz difiere totalmente de las músicas africanas que conocemos, tampoco se parecen a ellas las músicas cubanas y brasileñas que hoy podemos escuchar en todas partes, aunque el negro haya contribuido poderosamente, en un lugar o en otro, a su formación y desarrollo”.

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