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Domingo , 21.04.2019 / 16:34 Hoy

La neurosis al desnudo

Morris Berman explora las tensiones internas que normalmente se asocian al proceso creativo, así como el costo que casi siempre llevan implícito.

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En su libro Cuerpo y espíritu. La historia oculta de Occidente, Morris Berman explora, a partir de la tipología freudiana para explicar la creatividad, las tensiones internas que normalmente se asocian al proceso creativo, así como el costo que casi siempre llevan implícito. Según la teoría de Freud, la expresión creativa surge a partir de una represión de los impulsos infantiles que no aniquila del todo la curiosidad por explorar ciertas regiones del mundo —o de uno mismo— que la educación sofoca en la inmensa mayoría de las personas, y la creación sería un esfuerzo siempre insuficiente por suturar o recomponer ese vacío creado, un tanto paradójicamente, por la propia cultura, con lo cual tenemos el clásico “modelo del artista neurótico”. Dado el carácter sexual, o por lo menos erótico, de la búsqueda, la obra a menudo se vuelve el amante y la devoción del artista, que en busca de la brillantez procura “encuentros con el Vacío”, hasta que, “como le sucedió a Dylan Thomas o a Janis Joplin o a tantos más, el abismo se vuelve demasiado grande. La brecha se abre hasta rebasar a sus poderes heroicos, y no logran reponerse. La creatividad moderna es un campo de batalla de cadáveres psíquicos, y a menudo también reales”.

Es interesante contrastar esto con una de las ideas fundamentales esbozadas por John Berger en su libro clásico, Modos de ver, en el sentido de que el lugar que ocupa el arte es siempre un reflejo de las estructuras socioeconómicas de cada época. En particular, Berger vincula la producción artística contemporánea con el fenómeno de la publicidad, con su énfasis en las relaciones sociales, y en la creación de ansiedad, canalizada a través del dinero y lo que puede comprar, con lo cual el arte se vuelve un producto más a consumir, confiriendo primacía al estatus social que produce, por encima de un supuesto goce estético derivado de la contemplación.

En la actualidad, principalmente a partir de esa autoinvasión a la intimidad producida por las redes sociales, asistimos al desnudamiento público de las neurosis del artista, que en muchos casos se ha convertido en un inmejorable publicista de sí mismo y de su alma atribulada, que es compartida de manera incesante y en tiempo real con sus miles de seguidores, que ahora tienen acceso no solo a sus pensamientos más recónditos, sino a conocer de qué color serán los calcetines elegidos para ese día, o qué cereal desayunan los espíritus creativos. No es infrecuente ya incluso el caso de quienes cuidadosamente construyen una figura pública previa o paralela a la obra como tal (a menudo investida de un radicalismo que no corresponde con su realidad cotidiana), con la esperanza de que los seguidores cultivados con esmero estarán igualmente ávidos por adentrarse en la obra de un alma a la que se conoce ya de manera tan íntima, que incluso es posible alimentar la ilusión de haber sido partícipe, así sea en un grado ínfimo, de la tensión espiritual de la cual la obra continúa aspirando a ser el resultado.

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