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Sábado , 23.03.2019 / 09:53 Hoy

La literatura es fuego

La guarida del viento

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Los discursos de los escritores constituyen un género aparte. Entre mis preferidos se encuentra “El maletín de mi padre” de Orhan Pamuk al recibir el Premio Nobel en 2006, una historia familiar convertida en reflexión narrativa. Otro de los discursos memorables es sin duda el de William Faulkner al recibir el Premio Nobel en 1950. El pasaje final de ese texto es un canto al futuro de la humanidad en nombre de la literatura: “Creo que el hombre no va solamente a resistir. Va a prevalecer. Es inmortal no porque es el único ser vivo que tiene una voz perdurable sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión y sacrificio y resistencia”. Poco después, Faulkner afirma que el escritor debe abordar estos temas y que su privilegio es ayudar al hombre a permanecer “alzando su corazón, recordándole del coraje y el honor y la esperanza y el orgullo y la compasión y el sacrificio que han sido las glorias de su pasado”. Acaba de terminar la Segunda Guerra Mundial y Faulkner concede un enorme poder a la literatura como benefactora de la dignidad humana. Según su texto, el escritor es un héroe.

Esa cualidad heroica del escritor vuelve a aparecer en el discurso más famoso que haya dado un escritor latinoamericano. El texto acaba de cumplir 50 años y con frecuencia todavía se cita. En agosto de 1967, al recibir el Premio Rómulo Gallegos por La casa verde, Mario Vargas Llosa acuñó dos frases que quedarían como parte de su poética. Una de ellas es que “la literatura es fuego”. La otra es que se trata de “una insurrección permanente”. Según Vargas Llosa, los escritores muestran “en sueños, testimonios, alegorías, pesadillas o visiones, que la realidad está mal hecha, que la vida debe cambiar”.

En los tiempos recientes, la idea del escritor que está al servicio de una causa (“rebelde con causa”, dice Vargas Llosa) ha disminuido notablemente. Hoy se leen más libros que antes pero el escritor ha perdido el aura de “conciencia de su sociedad”. Muchos lo ven no como un héroe sino como un objeto de consumo.

El sistema, es decir, el mercado, parece haberse apoderado de la literatura y hoy ya pocos creen que los libros pueden transformar el mundo. Pero no hay que engañarnos. Los verdaderos libros siguen allí. En cualquier lugar del planeta, una novela puede remecer a alguien y otorgarle una nueva conciencia del mundo. Allí están los textos de Coetzee, Javier Cercas o Lorrie Moore. La literatura sigue siendo fuego solo que ahora se dice menos.

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