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Miércoles , 20.03.2019 / 06:03 Hoy

La inocencia de María

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Brentonico se quiere lavar la cara. Este pueblecito del norte de Italia que apenas cuenta con unos 4 mil habitantes se ha decidido a recuperar su sentido de la justicia perdido hace 300 años. En 1715, Brentonico era un caserío rústico poblado por una pandilla de aldeanos miserables y supersticiosos. Un día de verano de aquel año pusieron su mirada en la frágil figura de María Bertoletti Toldini, una viuda de 60 años, casada en segundas nupcias y sin hijos. Necesitaban al culpable de sus hambres y fríos en medio de una atroz sequía que había arruinado los cultivos de uva que les daban sustento. A alguien se le hizo fácil fabricarle un expediente judicial a la medida de su miedo y su ignorancia. María fue entonces señalada por la turba como la hechicera responsable de la muerte inexplicada de muchos niños en la región al pie de los Alpes. Ya encarrerados, la acusaron de herejía y de blasfemia y, por si fuera poco, la culparon por haber arrojado a un niño de cinco años a un perol en el que hervían los quesos. María no tuvo quien la defendiera. Tampoco pudo argumentar nada en su defensa. Unos días después, fue llevada al patíbulo. Le cortaron la cabeza y prendieron fuego a su cuerpo.

Hoy día Brentonico sería todavía una aldea poblada de campesinos irascibles y supersticiosos si algunas autoridades locales no se hubieran decidido a devolverle la dignidad a María a partir de un nuevo juicio, moderno y sensible.

“Si dejas pasar algo que sucedió hace 300 años, quizás también dejarías pasar algo que sucede ahora”, advierten. Una representación escénica a propósito del trágico destino de María, tradicional en la localidad para atraer turistas, pateó fuerte en la conciencia de algunos. La pobre mujer fue asesinada brutalmente siendo inocente, asumen. Y María, pues, será llevada de nuevo ante la justicia para probar que fue victima de la superchería.

Habrá que rogar por su suerte, porque toda Italia sigue siendo una aldea. Puede ser que la condenen de nuevo en un descuido, si se considera lo que sucede allá en nuestros días. Hace unos meses, Roberto Calderoni, un senador y ex ministro, comparó con un gorila a la ex ministra Cécile Kyenge, de origen congoleño. Poco después, como en una novela de Stephen King, pasó seis veces por el quirófano, estuvo en dos ocasiones en la unidad de cuidados intensivos de un hospital, y en un accidente se rompió dos vértebras y dos dedos, mientras moría su madre. La última de sus desgracias fue su encuentro con una víbora de dos metros en su casa.

Antes de que las cosas se pusieran peor, Calderoni pidió perdón a Kyenge y luego se fue a buscar un exorcista para hacer frente a sus brujerías. De lo que no se pudo librar fue de los requerimientos para presentarse ante los tribunales para responder por sus manifestaciones de odio racial.

Desde donde esté, María habrá mirado con una sonrisa amarga que los tiempos no cambian del todo en su aldea.


*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa

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