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Viernes , 15.02.2019 / 22:15 Hoy

La épica menor de Ivo Andric

Autor de una vasta obra narrativa que le mereció el Premio Nobel en 1961, la figura de Ivo Andric (1892-1975) ha quedado asociada a un solo libro: 'Un puente sobre el Drina'

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Autor de una vasta obra narrativa que le mereció el Premio Nobel en 1961, la figura del escritor serbio Ivo Andric (1892-1975) ha quedado asociada a un solo libro: esa cima de la novelística universal que es Un puente sobre el Drina, lo que no deja de ser algo injusto. Con La crónica de Travnik y La señorita, conforma una trilogía sobre su país que sería obligatorio leer para tener una visión más amplia de su labor.

Signos junto al camino (Sexto Piso, 2016) es un libro que por su carácter fragmentario escapa a una clasificación; la definición más cercana sería la de que se trata de un cuaderno de notas que Andric fue construyendo a lo largo de los años, pero en los que cada texto vale por sí mismo. Goran Petrovic, encargado de escribir el prólogo, anota que los textos que integran el volumen “Son a la vez anotaciones y apuntes de diario, son insomnio y vigilia, son textos tanto para escritores como para lectores, son también un inventario de pesadillas y un conjunto de historias cotidianas, son el inicio de una novela total y un poema solitario que infunde aliento”.

El libro está dividido en cuatro partes y su escritura es diferente a la de las novelas y los relatos. Sobre todo en la primera, la más narrativa, que llega a ser un tanto más lírica, aunque las escenas que dejan una impresión mayor no escasean. En el resto, por lo fragmentario, lo más fácil sería hablar de aforismos, pero no todas las anotaciones lo serían. Se trata de escritos más reflexivos que filosóficos, a partir de los cuales podemos ir construyendo una historia de su pensamiento.

Hay otra característica que no tarda en ser identificada: a diferencia de sus novelas y relatos, en estos apuntes Andric escribe desde la primera persona. Y especialmente en la sección inicial —“Imágenes, escenas, estados de ánimo”— se nota un afán de espontaneidad, de no intelectualizar demasiado lo que se capta, ni de cargar la prosa con la densidad de la épica. Incluso los episodios referentes a la Segunda Guerra Mundial, que están fechados, no están dominados por este espíritu. Sí, aparece el elemento pesadillesco del que habla Petrovic, pero Andric evita intensificarlo. Para él, existe una dosis de crueldad en la vida que no necesita regodeo; su mera enunciación ya es inquietante, lo cual lo acercaría de algún modo al expresionismo. Signos junto al camino, en resumen, nos muestra a un Ivo Andric que ha elegido más bien la pintura de caballete que la mural; sin embargo, el tono menor no elimina su grandeza.
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