El catalán Pere Soto ha vivido con la guitarra desde una edad tan temprana que no se recuerda sin ella. Formado en el rock y el blues, un día se topó con el disco Barney Kessell Live at Copenhague y pensó: "Esto es otro mundo". Después conoció la música de Django Reinhardt y se volvió una de sus pasiones de vida, como se podrá escuchar mañana en el Lunario del Auditorio Nacional, aunque también se le puede oír tocando standards, free jazz o bien obras orientadas a la música clásica.
Para Soto, Reinhardt "fue un genio de la improvisación, de la creatividad espontánea y un gran compositor. Hay 864 grabaciones y en ellas te das cuenta que no hay patrones o conceptos preestablecidos sino pura creatividad, siguiendo siempre la melodía. Y eso es lo que cuenta: la música puede ser más o menos compleja, pero debe decir algo, tener un argumento, sobre todo melódico. Django es uno de los valores significativos del jazz: ha aportado una filosofía del espíritu creativo improvisador".
Más que copiar el estilo de su ídolo, el catalán busca seguir su espíritu de aventura. Además de algunas piezas del músico belga, de Duke Ellington y Edith Piaf, incluirá varias composiciones suyas. Estará acompañado por Enrique Hülsz en la guitarra rítmica, Luri Molina en el contrabajo y Gustavo Nandayapa en la batería, más la participación de la cantante Sylvie Henry Germain.
El estilo de jazz gitano ha resurgido en el centro de Europa, afirma Soto. "Hay muchos jóvenes que están tocando muy bien. Esa es la parte positiva, pero si hubiera más la esencia de Django sería mejor. Con la técnica no llegas a todas partes; te sirve para llegar, pero tienes que saber qué quieres decir. Eso es lo difícil. En una escuela no te pueden enseñar a escribir 'Let It Be' de los Beatles, por ejemplo. En esa parte hay una similitud con el flamenco, porque si hay duende suena, si no, no".
Autodidacta, dice que a los ocho años dio un concierto, pero ni siquiera recuerda qué tocó. "A los 12 me empecé a aprender cosas de clásico. A los 15 di mi primer concierto tocando rock, pero no recuerdo el primer día que toqué una guitarra, aunque mis padres dicen que a los dos años mi abuelo me regaló una. Ahora mi problema no es qué voy a tocar, sino cómo controlarme para no dejarme ir. Si me voy... (ríe). En un concierto en Ámsterdam tenía 45 minutos para tocar y duró una hora y media, pero ni cuenta me di porque estaba muy a gusto. El jazz es como una liga: vas tirando y tirando y va dando, pero no se rompe nunca".