El paisaje característico de la película son los barrios marginados de una zona de Gran Bretaña, paisajes conformados por torres y cables de luz que sustituyen a los árboles para dar la sofocante sensación de una telaraña gigante que tiene atrapados a sus habitantes, incluyendo a los potrillos que caen electrocutados por un cable suelto, cortado por algún vándalo.
La película empieza con Arbor, niño de diez años, en un ataque de histeria bajo la cama. Situación climática que atrapa desde la primera imagen; Swifty, amigo un poco mayor, es el único capaz de sacarlo de ahí y tranquilizarlo. Es un gancho en la narración que establece que hay una gran amistad entre los personajes.
El malo de la película, el gigante egoísta, es Kitten, dueño de un deshuesadero, hombre sin escrúpulos que tiene la capacidad de proyectar su egoísmo a quienes lo rodean; eso no lo excluye de ser otro de los olvidados. Arbor admira el temple y la dureza de Kitten; de ahí surge la imitación, pero también el rechazo, una dialéctica bien manejada por la autora: personajes que se necesitan, pero se desprecian.
La premisa de El gigante egoísta recuerda la de Los olvidados, de Buñuel: si se aparta a los niños de la educación, tienden a perder el valor de las cosas y de las personas que los rodean; si su único interés es el dinero, entonces se convierten en un desperdicio, en chatarra, en ladrones, y muy pronto serán capaces de asesinar. La historia es una cadena que conmueve, que deja sin habla, que mueve las tranquilidades indolentes, porque estos personajes son condición de las urbes, son tema de hoy y de muchos mañanas.
Las subtramas son notables: los padres de estos niños también son olvidados, como si fueran hijos del Jaibo, y son incapaces de reaccionar para bien porque no saben reaccionar ante la problemática que los aparta del mundo, la miseria.
Después de la tragedia, Arbor quiere dejarse morir, rechaza de manera automática a su madre y regresa a esconderse bajo la cama, asustado por la guerra que estableció contra la desigualdad. Nadie puede sacarlo, hasta que por fin llega el hada protectora que comprende su dolor y lo salva.
El gigante egoísta es una película que desconcierta e impacta por la premisa, sustentada por el armado de un buen guión —que solo toma prestado el título del cuento de Óscar Wilde—, por la espléndida realización y, sobre todo, por el trabajo de actuación de unos niños que nunca lo habían hecho. Todos merecen un fuerte aplauso, hasta que duelan las manos.
El gigante egoísta (Gran Bretaña, 2013), dirigida por Clío Barnard, con Sean Gilder y Siobhan Finneran.