Cultura

Harry Potter cumple los 18

La serie de J.K. Rowling es un parteaguas en la literatura que hizo a muchos perderle el temor a los libros gordos.

Mucho se ha escrito acerca del fenómeno que representa Harry Potter en la literatura, no solo juvenil, del mundo entero. Se ha analizado su contenido, sus influencias literarias y sus referencias históricas y científicas. Se han escrito apologías y defensas y la gente se sigue preguntando cuál es el secreto de un éxito semejante.

A estas alturas, cuando se están cumpliendo 18 años de la aparición del primer tomo y nadie ha logrado superar el récord de ventas de la saga –Las reliquias de la muerte, el último, vendió más de diez millones de ejemplares en las primeras 48 horas, rompiendo así el de su antecesor, El misterio del príncipe–, se me ocurre que hay poco más que decir al respecto; de modo que hablaré de mi relación con Harry Potter, como autora de literatura infantil y juvenil y, claro, como fan.

Yo no conocí a Harry Potter por un anuncio en un autobús, ni un espectacular. Si me topé con los primeros ejemplares en alguna mesa de novedades, probablemente no me fijé y las películas aún no existían. Empecé a escuchar comentarios sobre este personaje en las visitas escolares que ya hacía en 2000 para hablar con los alumnos que habían leído alguno de mis libros. Los niños me preguntaban si no conocía a Harry Potter, y ante mi respuesta negativa, me lanzaban miradas de entre reproche y conmiseración.

Entonces, quizá, empecé a fijarme en los libros en mis visitas a las librerías. Para ese momento tres estaban traducidos al español, y ya había noticias de su popularidad en Estados Unidos e Inglaterra. Y hubo más cuando se anunció que la primera película ya estaba en producción. No obstante me mantuve al margen, porque en ese entonces mi desconfianza hacia los best-sellers era muy testaruda.

Pero un día fui a visitar a mis sobrinos y me encontré en el librero de Nicolás –que en ese momento tenía poco más de dos años– los dos primeros volúmenes. Mi hermana, menos desconfiada de los fenómenos editoriales que yo, se los había comprado para continuar su biblioteca –que habíamos inaugurado con los dos o tres que yo ya tenía publicados–; ahí mismo, como quien no quiere la cosa, abrí Harry Potter y la piedra filosofal y empecé a leerlo. Terminé llevándome ambos prestados. (Hasta la fecha no los he devuelto.)

Leí el primer libro en un fin de semana, y el segundo en otro par de días. Y fui a comprar el tercero. Poco después, apareció, el cuarto. Del quinto en adelante no tuve paciencia para esperar las traducciones, compré los muy bonitos volúmenes de pasta dura editados por Scholastic. Y así hasta el final. No solo yo. Varios amigos/colegas, tan treintones como yo, estaban en las mismas. Comprábamos el libro en cuanto salía y las semanas siguientes todo lo que J.K. Rowling nos contaba en él constituía buena parte de nuestras conversaciones.

Cuando estaba por estrenarse la primera película –a fines del 2001 si no mal recuerdo– Nicolás Alvarado me invitó a un programa de radio para hablar sobre las razones del éxito que había alcanzado la saga en tan poco tiempo. Catorce años después sostengo mis dichos de entonces: J. K. Rowling es una escritora muy talentosa que sabe contar una historia y tener interesado al lector a lo largo de todas sus páginas. Posee un sentido del humor agudo e inteligente que usa tanto para narrar como para hacer hablar a sus personajes. (Y que, además, demuestra cotidianamente en su cuenta de Twitter, en la que interactúa con sus lectores y suele usar ese mismo humor brillante para poner en su lugar a los intolerantes que a menudo la interpelan). Su narrativa transita lejos de los lugares comunes y de la cursilería, desde la primera página de la saga hasta la última. Cosa que no han logrado autores como John Green con Bajo la misma estrella, en la que, después de su brillante Buscando a Alaska, se adhirió a una fórmula y se puso facilote y condescendiente, quizá persiguiendo grandes ventas –cosa que logró, sin duda–, y no sé si allí se quedó porque después de Bajo la misma estrella no me he animado a leer nada más de él. Por no hablar de Stephenie Meyer y la saga Crepúsculo, que además de los citados lugares comunes y la cursilería llevada a extremos nauseabundos, es muy aburrida. Yo puedo afirmarlo de las 200 páginas iniciales del primer libro, que fue lo que logré leer. Y eso, de todo lo anterior, es lo único que no se puede perdonar.

En fin, que Harry Potter es un parteaguas en la historia de la literatura, sí. Que ha formado millones de lectores, es cierto (y a muchos que ya lo eran les hizo perder el miedo a los libros gordos: recuerdo las quejas airadas de muchos niños cuando salió el sexto volumen, de 652 páginas, porque tenía 218 menos que el quinto). Que se echó encima a algunos grupos religiosos por aquello de las artes oscuras, también (cosa que, a mi juicio, la hace aún más respetable).

Pero lo más sorprendente es que es una saga que goza del favor tanto de lectores de todas las edades como de críticos como de escritores que nos dedicamos a la literatura para chicos, entre los que se cuentan connotados fans como los hermanos Malpica, Verónica Murguía, Ana Romero y Gabriela Damián.

Y, claro, habrá a quienes no les guste porque la historia de una escuela de magia y hechicería no es lo suyo. Está bien, ellos se lo pierden.

Pero que nadie venga a denostar la saga esgrimiendo argumentos prejuiciosos que caen en el lugar común del que suelen quejarse quienes la critican, porque aquí los estará esperando un pequeño ejército de muggles para defender a Harry Potter y a su magnífica autora.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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