Manuscrito: ya la sola palabra suena a diminutivo, cual si se resignara al menosprecio ajeno. Y sin embargo es todo lo que uno tiene, cuando nadie parece hacerle caso y va tras un autor o un editor con la esperanza de que le eche un ojo. Algunos lo reciben con fingido entusiasmo, y apenas dan la vuelta buscan un basurero para archivarlo sin mayores trámites. Es probable que en más de una ocasión hayan ellos sufrido trato similar de parte de otro que creyeron consagrado, pues bien se sabe que el oficio de escritor es una gran carrera de resistencia donde se vale todo, excepto claudicar.
Cada vez que me topo con un manuscritito que escribí a edad temprana, entro en serio conflicto con la nostalgia porque al fin no me basta la ternura para tomar en serio aquellas páginas que a la luz de los años ya me parecen blandas y cuchipandas. ¿Cómo, si no es a punta de rechazos, algunos de ellos crueles e insensibles (y quién sabe si no más provechosos), va uno a hacerse fuerte en una profesión que demanda un carácter a prueba de huracanes? ¿Qué puede hacer quien ahí dejó la piel y las entrañas, si al cabo el manuscrito no funciona? Pues otro manuscrito, aún más ambicioso y ojalá más logrado.
No diré, por supuesto, que un relato ha de ser de buena calidad para alcanzar la gloria de la publicación, si hoy más que nunca bullen los estantes de novelas escritas con los pies, cuyos autores buscan notoriedad con el oportunismo de quien quiere la fama aquí y ahora, sin importar por qué ni para qué. Empero, quienes luchan por escribir mejor, avanzan cada día en tal sentido y apuestan su destino al manuscrito preferirán, de aquí a unos pocos años, no tener que vivir arrepentidos de haber puesto su nombre en la portada de un trabajo penosamente prematuro que habrá de avergonzarles hasta la tumba.
Si en realidad hubiera de ayudar a quien me solicita una opinión, le diría que su querido manuscrito sirve para maldita la cosa, de modo que me odiara con el alma y cualquier día viniera a taparme la boca con una obra maestra. Pero soy un blandengue y en lugar de plantarles el debido acicate intento ser amable, esperando en secreto que encuentren los escollos suficientes para poner en duda mis palabras de aliento, y de puro coraje se pongan a escribir.
Hace ya muchos años, cuando los apagones nos borraban los textos en un tris, la segunda versión solía superar a la primera. Porque no es el estímulo, sino el obstáculo, el genuino alimento del manuscrito. Por bueno que parezca a los ojos querúbicos de quien lo pergeñó, siempre quedará espacio para la mejoría. Cada vez que una mano me acerca un manuscrito a media Feria, escarbo en la mirada de quien lo sostiene y me pregunto si tendrá el carácter para enfrentar los chascos inminentes. Como decía mi abuela, que Dios tenga piedad.
ASS