Cultura

Los sufridos editores

Días feriados

Dormir en estos días es el lujo mayor de los editores, para quienes el único descanso concebible está en cada pendiente que van dejando atrás.

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Mañana, tarde y noche van y vienen llevando un cargamento de hojas tachonadas, cada una repleta de nombres, horarios y lugares. Si otros eventualmente logramos divertirnos, ellos viven pendientes de seguir a la letra esa programación —coreografía del caos, diría yo— y ello incluye moverla y adaptarla con tal asiduidad que sus ojeras crecen al parejo del estrés, mismo que por lo visto les suministra el combustible idóneo para seguir corriendo de la Feria al hotel y viceversa, pegados al teléfono, en el continuo estado de crispación que supone encargarse al mismo de innumerables agendas ajenas, sujetas a constantes modificaciones y eventualmente errores angustiantes que los harán de pronto preguntarse qué demonios hicieron en otras vidas para en ésta caer en una editorial. 

Los editores suelen pagar por sus pecados en la FIL. Cierto que hay unos pocos afortunados, cuyo lugar en el escalafón les permite pasearse como príncipes, al tiempo que los otros sudan la gota gorda bajo su ojo avizor. Alguna vez oí a uno confesar ante otro, recién llegados al stand de la empresa: “Tiene uno que venir a tronar el chicote, para que no se duerman los esclavos”. Verdad es que era broma, pero no mentira. 

Dormir en estos días es el lujo mayor de los editores, para quienes el único descanso concebible está en cada pendiente que van dejando atrás. Cierto lunes, ya al fin de la jornada, pregunté a una de las más atribuladas si estaba lista para irnos al Veracruz, a lo cual murmuró, con la agenda en la mano: “Perdón, pero la tropa no se divierte”. 

Cada vez que me dejo agobiar por mi agenda, echo un ojo a la suya —que es un compendio de todas las nuestras— y recobro en un tris el amor a la vida. Cada autor que aparece en ese documento es una suerte de problema ambulante, desde que pone un pie en el aeropuerto y empieza a respingar porque nadie ha llegado a bienvenirle. O porque no aparece su maleta. O porque le cambiaron el hotel. O porque se enteró que sus presentadores han tenido problemas de logística y no será posible que lleguen a la cita. ¿Y quién no sufre aquí, antes o después, por causa de esa bruja, La Logística? 

Suele haber, entre autores y editores, un invisible muro de contención que, al menos en teoría, evita a los primeros enterarse de todo cuanto aqueja a los segundos, empezando por sus maneras quisquillosas. Pues al fin ser autor en este gran festín de las palabras implica la monserga de dar la cara por lo que uno ha escrito, y esa ya es fregadera suficiente para de cuando en cuando requerir de algún hombro donde lloriquear. 

Albert Camus vino a perder la vida justo cuando ésta más le sonreía, tras haber aceptado un lugar en el auto que conducía el hijo de su editor. Algunos editores se desviven por llevar a buen puerto a sus autores, pero desde Camus nos queda claro que no siempre conviene permitirlo. 

ASS

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Xavier Velasco
  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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