Nunca he entendido bien esa extraña costumbre de primero invitar a tus presentadores y más tarde hacerles llegar el libro. ¿Qué haces si no te gusta, o incluso lo aborreces de la primera a la última línea? ¿Pones tu mejor cara y haces pura ficción al presentarlo? ¿Se vale quedar bien con quien te invita y engañar sin vergüenza a los presentes?
Reconforta, sin duda, conocer y apreciar de antemano el trabajo del autor, pero también abundan los autores de quienes todo aprecias menos su trabajo, y ésos también te piden que los presentes. Cierto es que de algo sirve hacer novelas, y en tanto ello ser rico en pretextos ficticios para eludir el bulto, aunque no siempre hay tiempo para hacerlos creíbles. Y ya que hablo del tiempo, ¿qué decir de esa buena novela que has de leer en no más de tres días, ya sea porque te invitaron tarde o porque no hubo tiempo para leerla antes?
Fue aquí en Guadalajara que confesé a un amigo novelista, cuyo libro ya estábamos por presentar, que solo había llegado a la mitad. Aduje, en mi defensa, que era un volumen gordo y me lo habían dado un par de días antes. Otros en mi lugar habrían disimulado, pero la paranoia de que una bola rápida del escritor me dejara desnudo delante de su público pudo más que la pena de pedirle su comprensivo apoyo. Pensé, al cabo, que el otro presentador se encargaría de llenar los huecos que pudiera dejar mi intervención.
Terminado el evento, mi amigo se acercó, entre amargo y burlón, a preguntarme si había reparado en la breve aunque sustanciosa intervención de aquel presentador, quien para colmo era asimismo su editor. “Vuelve a leer la contraportada”, me sugirió enseguida, y tal cual: al descarado aquél le había bastado con revisar lo escrito en la cuarta de forros para subir a hablar de la novela, tras remachar delante de los presentes el orgullo de haber editado a un novelista que era acreedor de todo-su-respeto y ahora nos entregaba “otra obra maestra”.
Hay quienes creen que ya bastante hacen con presentar un libro para que encima de eso les exijan leerlo, igual que otros opinan que no es preciso haber escrito la novela para plantar tu nombre en la portada, habiendo tantos “negros literarios” dispuestos a sufrir en tu lugar. Me tocó ver a un cinicazo de estos, político flamante y según él humilde, responder al final de su presentación que más que autor era “un modesto aprendiz”. Sospecho todavía que no había siquiera ojeado “su” libro.
Este año me ha ido bien, aunque igual se juntó lavado con planchado, de modo que pasé buena parte del tiempo de la FIL devorando los libros que debía presentar al día o la hora siguiente (me pregunto qué haría Monsiváis, presentador ubicuo e incansable, para agotar tanta bibliografía sin hacer papelazos aquí y allá). Recién terminé el último libro a presentar, y por arte de magia me vuelve el alma al cuerpo.
ASS