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El narrador como crítico

A lo largo de sus varios libros de ensayo, novela y cuento, Adrián Curiel Rivera ha manifestado, en forma paralela en periódicos, una preocupación crítica sobre ciertos aspectos de la literatura

Esta faceta de su propio temperamento literario acaba de reunirse en un grueso volumen que el autor, en compañía de sus editores, han decidido titular Avistamientos críticos (UNAM, México, 2016). La reserva manifiesta en el título comienza por llamar mi atención: el narrador, observante del fenómeno literario, mira de lejos lo que en realidad podría mirar un poco más de cerca si reparara en el hecho de que ambas cosas, lo que él y lo que el otro escriben, está conformado de una misma materia —las palabras—. La pregunta implícita en el título de la obra que estamos intentando glosar podría formularse de una manera más sencilla: ¿se puede ser crítico y narrador a un tiempo sin menoscabo de alguna de estas dos facetas? Si bien la respuesta es positiva, en el caso de Adrián Curiel Rivera el desdoblamiento del autor en lector parece costar algo de trabajo.

Avistamientos críticos, un libro de 368 páginas, obedece a una dispersión aparente. Los 53 ensayos, crónicas y reseñas que constituyen su índice (sumados a un prólogo en donde el autor expone su idea particular de la crítica) podrían dividirse en tres grandes preocupaciones: la literatura universal, el Boom de la literatura latinoamericana y la literatura mexicana contemporánea. Todo pronunciamiento crítico comporta una genealogía, y Adrián Curiel descubre algunos anclajes de su propia literatura en la literatura de otras latitudes y de otros idiomas: por las páginas de su libro desfilan algunos ensayos y notas bibliográficas sobre Wells, Coetzee, Kertész, Sciascia, De Quincey y Stevenson. Esta nómina de autores, sin embargo, no esconde una razón suficiente ni ofrece el retrato de cuerpo entero que uno como lector está buscando. El auténtico nudo habría que ubicarlo en las disquisiciones del autor sobre el Boom de la literatura latinoamericana, del cual, en publicaciones más pertinentes por su extensión y su rigor académico, Adrián Curiel se ha revelado como un auténtico conocedor y apasionado. En los ensayos de este volumen, sin embargo, el autor se ciñe a la paradoja de que esta corriente de nuestra literatura, condicionada desde sus inicios por la mercadotecnia, se convirtiera en un fenómeno de ventas en Europa antes que en su natal América (¿hasta qué punto el Boom fue una invención de agencias y editoriales europeas para remediar una crisis comercial apremiante en ese momento?). Curiel Rivera aprovecha este equívoco para deslizar debajo de la puerta el nombre de Fuentes y el de su novela La muerte de Artemio Cruz como lo más parecido a una efeméride significativa en su propio calendario lectivo.

Antes dije que todo pronunciamiento crítico requiere una genealogía que lo legitime: el autor, desdoblado en el lector de sus propios asuntos, siente la necesidad de decir de dónde procede, antes de comunicar la importancia que reviste el destino de su propio trayecto creativo. Asimismo, todo escritor, en cuanto crítico, siente la necesidad de reconocerse en los otros y ofrecer una definición a partir de una suma de ejemplos, de lo que considera su ideal de escritura. Decepcionado del Boom, Curiel Rivera se ha buscado a sí mismo entre los autores de su generación literaria. A ellos les ha dedicado numerosas páginas publicadas previamente en suplementos y revistas. Entre sus contemporáneos, los miembros del crack —que se manifiestan por primera vez como grupo en 1996— ocupan un lugar destacado. A ellos les dedica páginas leales y acuciosas, si bien la distopía que convocan el poder y el ejercicio de la literatura se vuelve en la prosa crítica de Curiel Rivera un motivo de controversia y alejamiento. (La soledad como único motor apetecible del escritor de raza.)

El número de escritores mexicanos contemporáneos a quienes Adrián Curiel Rivera les dedica alguna reseña en este volumen constituye el grueso de las 53 entradas consignadas al final del mismo. De estos encuentros y desencuentros no salpica sangre, no hay golpes ni moretones, ni afirmaciones pendencieras que pudieran comprometer la buena salud de un autor que ha corrido el riesgo de travestirse en crítico; si Adrián Curiel se puso los guantes y se subió a un cuadrilátero no fue para fajarse en un combate cuerpo a cuerpo con sus contemporáneos sino para exhibir la elegancia de sus pasos laterales y el empleo inteligente de su propia cabeza (la cabeza no es un saco de entrenamiento sino el epicentro de una estrategia). Así las cosas, uno extraña, al final de este recorrido por la literatura mexicana contemporánea y sus genealogías, un corte de caja, una afirmación temeraria, una bronca, un disgusto o menos pulcritud y decoro a la hora de empuñar un juicio.

En el mejor de los casos, el libro de Curiel Rivera puede leerse como una afirmación de la importancia de la crítica como némesis de los procesos creativos, y como el espejo donde el autor se reconoce a sí mismo y deja constancia de la tradición que circunscribe la magnitud de su empeño como escritor y como crítico.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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