Son ya más de tres décadas las que el historiador Enrique Krauze ha invertido en producir una de las obras ensayísticas más lúcidas de nuestro país. Su tema: México, la anhelada democracia, los avatares políticos y la permanente esperanza de nuestra sociedad en torno de una transformación que a veces se nos ha presentado como imposible o lejana.
La compilación de todas estas reflexiones, en tres magníficos tomos publicados por el sello Debate con el título genérico de Enrique Krauze. Ensayista liberal, representa un afortunado acontecimiento editorial y una oportunidad extraordinaria para reanimar la discusión sobre el presente y futuro de nuestra vida democrática. Sobre estos y otros temas hablamos con el autor.
Treinta y cinco años después de “El timón y la tormenta”, el ensayo con el que arranca esta serie formidable de tres volúmenes con que ahora se nos presenta su obra política, ¿qué hilo conductor encontramos?
La colección se llama Ensayista liberal. Y creo haber sido coherente en ella a lo largo de estos 35 años —quiero pensar que desde antes— respecto a un ideario, a una identidad liberal, si cabe la palabra, porque el liberalismo, antes que una ideología, es una actitud: es una disposición a la tolerancia, al diálogo, al debate y la convicción de que existen diferencias a veces insalvables entre las opiniones de los hombres, pero que éstas deben ser siempre objeto de discusión y, en última instancia, de una votación que lleve al triunfo de la mayoría, pero siempre con respeto hacia la minoría.
Parece que en el México moderno el ensayista liberal no ha tenido mucha suerte y tenemos pocos...
Yo pienso que sí los ha habido. Desde luego, está el gran ensayista liberal del siglo XX que a mi juicio fue Daniel Cosío Villegas. Creo que ahí también cabe buena parte de la obra de Octavio Paz. Mucho más amplia en aspectos culturales e históricos, pero también la obra de Gabriel Zaid se encuentra ahí.
“Constantemente pienso que muchos intelectuales de mi generación que empezaron en una tendencia, digamos, de ensayismo revolucionario, fueron moviéndose hacia una postura liberal.Creo que hay el convencimiento paulatino y creciente de que los valores perdurables de la actitud liberal son el único adjetivo para una democracia plena y real”.
El liberalismo que piensa la democracia —y ese es tal vez el mayor mérito que tiene su obra— no ha sido tan frecuente entre nosotros…
Venimos de una doble tradición: de la Revolución Mexicana y de la marxista, que fue y ha sido hegemónica en muchos ámbitos intelectuales y académicos.
“La Revolución mexicana ha tenido un entronque muy complejo y hasta diría que contradictorio con el liberalismo. En buena medida era como Cosío Villegas pensaba: la Revolución Mexicana negó al liberalismo del siglo XIX.
“Si el PRI era una formación monopólica, de poder personal y corporativo, era una institución no liberal. Pero, por otra parte, tuvo también ideólogos liberales muy notables, como Jesús Reyes Heroles, quien era liberal en lo social y parcialmente en lo económico, pero no en lo político, salvo ciertos límites. Él entendía que había que cambiar y dar voz y lugar a la oposición, y por eso fue el promotor de la primera reforma política en 1977.
“Esto no quita la difícil convivencia del legado liberal y el revolucionario. Yo soy más radical en ese sentido. Pienso que en el siglo XX el sistema político mexicano negó al liberalismo de México.
“Por lo que hace a la tradición revolucionaria hegemónica en ámbitos intelectuales y políticos, tampoco era liberal, porque lo que proponía era una revolución social con distintas tonalidades y extremos, pero era contraria a un régimen democrático-liberal. Para decirlo muy rápido: quien tenía una altísima opinión del régimen cubano, de Hugo Chávez o del peronismo, no podía ser liberal.
“En ese sentido, usted tiene razón. Ha sido una postura minoritaria atacada por la derecha y la izquierda. Yo he tenido la fortuna de ser atacado, de que incluso escriban libros contra mí; en la derecha más recalcitrante está Salvador Abascal, nada menos que el fundador del sinarquismo. Lo mismo puedo pensar en libros y artículos de personas de extrema izquierda. Siempre digo que algo estaré haciendo bien si me atacan en la derecha y en la izquierda.
“La izquierda dice que soy conservador y trata de vincularme con la derecha. Es la forma que tienen ellos de descalificar. Para la gente de derecha, como Abascal, yo era un enviado del liberalismo masónico ateo anticristiano y el enviado del demonio.
“En fin, el liberal siempre es una oposición incómoda, pero a mí por supuesto me da orgullo pertenecer e identificarme con esa gran corriente de pensamiento occidental”.
OPTIMISMO Y DESILUSIÓN
En el ámbito político, ¿cuál cree usted que ha sido la recepción de su obra? En la presentación de la Feria del Libro de Guadalajara logró reunir a grandes figuras...
La presencia de intelectuales era de lujo: José Woldenberg y Jesús Silva-Herzog Márquez, que son dos figuras: uno, un hombre de izquierda liberal, socialdemócrata, y otro, un liberal más clásico. Para mí fue muy honroso escuchar sus puntos de vista y sus críticas, en particular la de Woldenberg. Además, estoy de acuerdo con él porque me hizo críticas profundas a lo que él considera lagunas en el reconocimiento de las vocaciones democráticas de ciertas luchas sociales.
“Por lo que hace a la representación política, estaban en la mesa Cuauhtémoc Cárdenas, Manlio Fabio Beltrones y Santiago Creel. Quiero decir que yo había invitado a Lorenzo Meyer, que a última hora nos avisó que perdió el avión. Lamenté su ausencia porque era la presencia de un intelectual identificado con el movimiento de Andrés Manuel López Obrador. Es un viejo amigo mío con el que tengo diferencias profundas, pero cuya obra es muy respetable.
“En fin, estaba Cárdenas, el gran líder moral e histórico de la izquierda mexicana ligada a su propia biografía y a la de Lázaro Cárdenas, e hice un gran elogio de él. Beltrones, que es un gran estadista, quizá el único, creo yo, del PRI, y Creel merece esa denominación dentro del PAN. Quisiera interpretar esto más como un reconocimiento a la importancia de la democracia liberal en México que a la relación de amistad conmigo”.
Mirando hacia el futuro, y como una pregunta conclusiva, ¿qué aspecto positivo encontramos en estos 35 años?
Es muy impopular hablar de las cosas positivas. Quien habla positivamente parece un viejo conservador. Yo me opuse a Díaz Ordaz, a Echeverría, a López Portillo, a De la Madrid —en el que finqué esperanzas— y a Salinas, al que reconozco reformas importantes. Aplaudí la presidencia de Zedillo. Tuve esperanzas en Fox, que me decepcionó; critiqué a Calderón, aunque también le reconocí ciertos aspectos de su presidencia, y lo mismo con Peña Nieto.
“También con figuras importantes que, si no han sido presidentes, han presidido la vida política mexicana: típicamente, Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador.
“A lo largo de estos 35 años mi postura ha sido crítica porque no fuimos una democracia liberal y lo somos ahora de una forma muy imperfecta. Materia para la crítica la hubo y la habrá.
“Que hemos hecho progresos no me cabe duda: el presidente no es omnipotente como lo era, existe una división de poderes que no había, las elecciones no las maneja la Secretaría de Gobernación sino el Instituto Nacional Electoral, existe una libertad de prensa y de expresión que, si no es completa, sin duda alguna no lo es por obra de los gobierno locales y poderes fácticos, pero es mayor que la que existía en los años 60, 70 y 80 que me tocó vivir.
“Soy un testigo de ese progreso, y mis libros son el testimonio que quiero dejar para quien lea, si bien no todos los libros, sí el que vaya pescando un poco de aquí y allá. Mis libros están editados para que sean leídos como una historia del presente.
“En ellos el lector podrá encontrar razones para tener un relativo optimismo porque México en muchos aspectos está mejor. Pero también podrá encontrar razones para el desaliento… Más bien para la desilusión. Yo estoy en contra del desaliento, yo creo que es una forma del suicidio, una forma para decir ‘¿y para qué?’. Las generaciones que nos siguen no merecen nuestro desaliento y ellas mismas no merecen desalentarse.
“Este país está mejor que en su pasado y está mucho mejor que otros países del mundo y de América Latina, pero este país (también) está muy mal. Los viejos y nuevos problemas nos agobian: la violencia, la corrupción y la impunidad son agudísimos. Pero no saldremos de ellos mediante la unción de un caudillo salvador o de un acto que mágicamente lo resuelva todo.
“No, saldremos de ellos poco a poco y fragmentariamente en un proceso muy largo, quizá de generaciones, y que pasa por la consolidación de las libertades y de las instituciones. Yo creo que ese es, en esencia, el mensaje del presente que fui plasmando en esos libros para que ahora y en unos años alguien voltee y haga su propio juicio. El mío es ‘estamos mal, de acuerdo, pero estábamos mucho peor’”.
Pensé en el optimismo porque en los últimos tiempos usted ha tratado de dirigir muchos de esos textos y reflexiones hacia los jóvenes, pensando en una nueva generación de políticos y un relevo generacional que ya se exige.
Lo he dicho en la última parte del libro. Cuando surgió el movimiento #Yosoy132, que dio la vuelta al mundo, mi reacción inmediata fue aplaudirlos y advertirles que tenían que institucionalizar su movimiento de alguna forma. Hacer algo para que eso perdurara.
“Me gané buenas críticas en las redes sociales, pero lo siento, tenía razón. El 132 desapareció. Se esfumó. La gloria instantánea no vale nada, no es gloria: es fama, reflector, no es nada. Lo único que importa es perdurar y construir, y eso es lo que hace falta.
“Ojalá que las nuevas generaciones se den cuenta. Primero, que no son tan jóvenes como creen, y que al serlo no tienen tanto tiempo para hacerse cargo de las riendas de este país, que finalmente les ha dado mucho a ellos y a todos, mucho que a menudo no apreciamos”.