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El ferrocarril subterráneo

Siempre, en toda vida, habrá esperanzas y maravillas, constata el lector de la novela de Whitehead.

El ferrocarril subterráneo, la novela con la que el norteamericano Colson Whitehead (1969) obtuvo el Premio Pulitzer 2017, es un buen ejemplo del tejido de historia e imaginación.

Narra la accidentada vida de una mujer —adjetivo corto en realidad— descendiente de esclavos negros, en una Norteamérica que se niega a la igualdad de los derechos entre sus habitantes. Extendida pradera donde “los negros no tenían [ni] cumpleaños”.

La historia para abolir la esclavitud en aquel país, lo sabemos, fue larga. Se desplegó durante décadas y regionalmente a ritmos diferenciados. La descarada avaricia de las burguesías locales por la utilización indiscriminada de mano de obra complicaba las cosas.

Religión e ideología —sobrevivientes en la sociedad de nuestros días— jugaron también sus roles. Sin importar los vientos de libertad e independencia que se vivían ya en otras regiones del mundo, ni que los negros “superaban en número a los blancos”.

Así las cosas, ser negra y esclava; trabajar en una plantación de algodón, traerá sus desgracias particulares a Cora. Aunque el “auténtico horror radicaba en su universalidad”.

Apenas una adolescente, imposible permanecer pasiva ante la crueldad, Cora tendrá que escapar de su núcleo laboral acompañada de otro joven. Lo que será solo el inicio de un largo viaje hacia la libertad, donde muchos quedarán en el camino.

Recorrido en el que “la esclava solo es ser humano, un minúsculo instante en la eternidad de la servidumbre”, que descubrirá algo más. La existencia de lazos de solidaridad y organización para liberarse de esa esclavitud y la construcción de la (auto) conciencia del ser.

“Si sabes lo que vales conoces tu lugar en el orden de las cosas”.

En su huida hacia el Sur —“todo esclavo se lo plantea. Por la mañana y por la tarde y por la noche. Cada sueño es un sueño de fugas incluso aunque no lo parezca. Como cuando sueñas con zapatos nuevos”— Cora se enfrentará a historias de crueldad y abominación.

De mayores complicaciones producto de la persecución en su contra, encabezada por el odio de Ridgeway (antiguo capataz de la plantación abandonada), quien entre sus principios rige uno: si les permites salir de la plantación y aprenden a leer, contraen una enfermedad.

Siempre, en toda vida, habrá esperanzas y maravillas, constata el lector de la novela de Whitehead. En la de Cora y sus acompañantes camino a la sobrevivencia y la libertad serán el llamado ferrocarril subterráneo.

Alegoría, si se quiere, puesto que la existencia de un tren que corriera por las entrañas de Norteamérica, a mediados del XIX, transportando esclavos huidos y dejando una estela de blanco vapor, no es algo del todo plausible. (El mismo Ridgeway duda: “La mayoría de la gente cree que es solo una expresión… El ferrocarril subterráneo. Yo siempre he sido más listo. Un secreto debajo de nuestros pies, todo este tiempo”).

Sí verosímil para la novela sobre Cora que Whitehead se inventó como una manera para exorcizar aquello de que en este mundo “los malos escapaban a su merecido y la gente buena ocupaba su lugar en el árbol de los azotes”.

“Lo sabemos, pero no lo decimos —admite Cora, rota en muchas partes de su cuerpo pero no en su voluntad—. Y si lo decimos, procuramos que nadie nos oiga… Que somos muchos”.

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Mauricio Flores
  • Mauricio Flores
  • mauflos@gmail.com
  • Periodista, estudió Ciencia Política y Administración Pública en la UNAM
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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