Siempre me ha parecido que lo mejor de la Semana Santa es la exhibición en la tele de las películas de tema bíblico. Es un agasajo encontrarse de nuevo con Ben-Hur, El manto sagrado, Los diez mandamientos y Sansón y Dalila, entre otras. Es el catecismo según Hollywood y es también la religión que profesa la industria estadunidense del cine desde sus orígenes hace más de un siglo: puro exotismo, valores encontrados entre la rebeldía y la sumisión, doble moral a granel y, sobre todo, mucha producción y en consecuencia mucho negocio. Pero también mucho talento, mucha magia, mucho encanto y hasta una cierta inocencia.
Una de mis favoritas es Los diez mandamientos de Cecil B. DeMille. Me parece fascinante el momento cuando las aguas del Mar Rojo le abren paso a Moisés mientras conduce al pueblo de Israel, que huye perseguido por las hordas de Ramsés. También me parece genial la voz cavernosa de Dios dando reverberantes instrucciones al profeta. Es tan efectista como la de la niña poseída de El exorcista.
En realidad el cine no ha tratado nunca con el debido respeto a las figuras de la Historia Sagrada. En su elocuencia siempre se le va la mano con las santidades, con las villanías, con la violencia, con los escarmientos ejemplarizantes. A menudo la sangre corre en abundancia para enfatizar el sufrimiento de los hombres de fe y la maldad de los herejes. Tal vez por eso el papa Francisco se hizo tanto de rogar para recibir en el Vaticano hace un par de años a la producción de la película Noé, encabezada por Russell Crowe. El personaje bíblico parecía pertenecer más bien a una película hollywoodense de acción con delirios místicos y cosechó críticas muy agrias en todas partes.
Qué tanto es tantito dirá la gente del cine y la televisión. La historia será muy sagrada pero tiene también su vocación por la acción, la pasión, el erotismo, el drama intenso. Así lo entendieron los productores de la versión televisiva de Los diez mandamientos que desde el año pasado se ha estado trasmitiendo en el sur del continente cautivando a millones y millones de espectadores. Se llama Moisés y Los diez mandamientos y es un kilométrico telenovelón brasileño que se ha paseado como si nada en horario nocturno entre los besuqueos y las bendiciones de algunos personajes bíblicos y otros no tanto.
Tan exitosos fueron los muchos capítulos de intrigas y bajas pasiones derivados de la Biblia que ahora está llegando a las pantallas domésticas la segunda temporada de la serie y una versión fílmica se está exhibiendo desde hace unas semanas con un éxito quizá insuperable. La cinta se titula Los diez mandamientos, la película, como si nunca hubiera existido DeMille. Pero quien está más feliz que nadie con el éxito de “la primera telenovela bíblica” es Edir Macedo, el propietario de la televisora Record de Brasil. Y también obispo evangélico y, claro, telepredicador de un nuevo catecismo.
*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa