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Jueves , 21.03.2019 / 07:15 Hoy

El día de ayer: Historias inFILitas

Depedro paseó por Guadalajara en turibús y Emmanuel Carrère bailó en un famosos bar de la ciudad. De éstas y otras anécdotas nos plat
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La mujer llega a las 7 de la mañana a la Expo Guadalajara con la misma expresión cansada de cada año. Enfundada en su uniforme azul, deberá ser parte de ese ejército aparentemente invisible encargado de mantener limpia la Feria Internacional del Libro. Su día transcurre entre pasillos y botes de basura que, en un ciclo infinito, se llenan una y otra vez de papeles. Quizá en la tarde tenga que ayudar a detener una inundación en el baño, donde el agua se sale de un excusado, e ir por bolsas de plástico, trapos, recogedores. Mirará, tal vez, un anuncio de Fernanfloo, el youtuber que tanto admira su nieto, quien presentará su libro Curly está en peligro. Le gustaría llevarle un autógrafo, pero no sabe si se lo topará en algún momento de su rutina.

Cuando llegue el próximo fin de semana, Fernanfloo caminará seguido por un séquito de chiquillos y chiquillas que forman parte de sus 24 millones de seguidores en YouTube. Incluso ir al baño representará una odisea para él (no le vaya a salir un fan from hell del excusado que procura limpiar la mujer). Con 24 años de edad, sea un crack o un fail, representa la nueva tendencia de “escritores” que pisan la feria, aunque él lo único que quiera sea divertirse hasta el infinito… en su habitación, jugando en línea con sus amiguitos no imaginarios (deberían hacer un Minecraft de letras).

El asunto es que la FIL es única y, a la vez, infinita. Las posibilidades de experiencias vividas son proporcionales al número de personas que cruzan sus puertas. Todos iremos creando, por gusto o por obligación, nuestra propia aventura. Quizá a Fernando Savater apenas le alcance el tiempo para escuchar y hablar, hablar y escuchar, rodeado de personas siempre, recordando a Sara con cada detalle que mira a su alrededor, pensando que algo de ella lo acompaña en su recorrido, que se vuelve inconmensurable en su interior.


“El chico vuela, quiere imaginar”

Ayer, por ejemplo, el músico DePedro tuvo un retraso en su vuelo, llegó a dar una conferencia de prensa, después entró a la Expo para hacer compras de pánico (“¡que llevo ya cinco kilos de libros!”, me dijo). Cantó “La Llorona” junto con el escritor Julián Herbert en la parte superior de un turibús que recorrió las calles tapatías, volvió al hotel, fue al concierto del Foro FIL…

La feria es un tornado que te traga.

En el bar Américas, durante la fiesta de la editorial Sexto Piso, Emmanuel Carrère pasó saludando como si nada, rodeado por la oscuridad y el caldo de oso que genera la enjundia colectiva. Más temprano lo había visto con unos audífonos en los oídos, escuchando una traducción, así que me lo imaginé como un dj. Entonces me pregunté qué escenario absurdo me gustaría presenciar. De inmediato se conformó en mi mente: vi, dentro de la piscina de un hotel, a Emmanuel con su rostro embellecido por las arrugas departiendo con Irvine Welsh, quien le presumía el perturbador tatuaje de su brazo a Ray Loriga, cigarro en mano, pinta de chico malo, acodado a un lado de Paul Auster, con gafas de sol y sonrisa de Gioconda. En el otro extremo, Jorge F. Hernández saludaba a todos con su clásico “hola, baby”, en medio de un Julián Herbert entequilado y un Carlos Velázquez empericado, como si fuera el Santaclós de la comarca.

La FIL nos absorbe hasta en nuestros sueños más propensos al psicoanálisis.

Después de trabajar, leer unas páginas de Los sueños de la serpiente para poder seguir adorando a Alberto Ruy Sánchez, ser artífice y testigo del palomazo en el turibús, caminar, abrazar, saludar, terminé rendida ante las estructuras musicales de Siddhartha, acompañada de mi mejor amigo, con quien no hablé de la presentación de su libro el jueves 30 sino de esos sentimientos que nos convierten, a los dos, en infinitos.

Unos días antes, cuando entrevisté a Siddhartha, le pedí que me complaciera cantando “El Chico”. Me dijo que si el tiempo se lo permitía, lo haría con todo gusto. Fue la canción con la que cerró su concierto; con ella me fui a la fiesta de Milenio, después al bar Américas y, por alguno de esos misterios que reserva este encuentro anual, llegué a la casa-estudio de Siddhartha, quien nos recibió a Fernando Rivera Calderón y a mí en su portal. Al verme, me dijo con esa voz suave como el algodón de azúcar: “¿Viste que te complací?”. En mi mente de groupie sonó, más bien, su canción “Infinito”: “Hasta parece que fue ayer que habíamos estado aquí/ y fue una forma de morir y hacernos infinitos”.

InFILitos…

Hoy, como cada día, también lo seremos.


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