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Viernes , 22.03.2019 / 17:01 Hoy

El capitán JEP y la ballena blanca

No se trata de una reunión exhaustiva de la columna sino una selección que abarca tres tomos de alrededor de 600 páginas cada uno.
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Un conocido retrato del fotógrafo Rogelio Cuéllar captura a José Emilio Pacheco (1939-2014) en su biblioteca personal rodeado de libros. Están no solo en los estantes y el escritorio; también hay volúmenes apilados a su alrededor que incluso llegan a tapar (o tapiar) parcialmente una ventana. Parece un remolino libresco. Como quien está en su elemento y tiene control de lo que le rodea (es decir, sin miedo al naufragio entre páginas y letras), el escritor mira serenamente hacia la cámara, situada en un punto alto, como un Ahab en su búsqueda semanal de la ballena blanca.

Ese paisaje describe muy bien el entorno del que surgía la columna Inventario. En una época posterior a la Encyclopædia Britannica (que tanto ensalzó Borges), más anterior a Wikipedia (universo de inexactitudes), Pacheco nadaba entre libros por días o semanas para configurar textos que parecían concentrarlo todo alrededor de los temas elegidos, por lo general asuntos de la actualidad social o política, o, lo que era más frecuente, del ejercicio literario.

Como se aclara desde el título, no se trata de una reunión exhaustiva de la columna sino una selección que abarca tres tomos de alrededor de 600 páginas cada uno. Algunos textos no antologados eran de transición, sobre temas variados, no siempre de su dominio; en ocasiones se publicaban traducciones poéticas e incluso relatos o poemas de Pacheco, que eran como pararrayos en los que intentaba cifrar (o descifrar) las tribulaciones del presente, el estado de ánimo nacional de esa semana.

¿Cuál será la definición genérica del Inventario? Lo que predomina, claro, es el ensayo, entendido de una forma muy libre. Se trata de llegar al centro de las cosas, construir un núcleo, y para ello Pacheco supo usar muy bien sus herramientas literarias. A veces pone a dialogar a dos personajes de la historia; otras se disfraza de cronista… En sus momentos menos lúcidos (que son poquísimos), va a los especialistas y realiza una suerte de summa informativa, en esos instantes disfrazado de brillante periodista cultural.

Hay en el Inventario un sentido de conocimiento comunitario, la idea de que entre todos podemos saberlo todo. No se trata de un erudito que despliega sus disertaciones para asombro de los simples mortales. Es el visionario que absorbe las incertidumbres de su tiempo, los sentidos o sinsentidos imperantes, que rastrea en el pasado las heridas o los dilemas aun frescos, fatigando archivos o navegando en su propia biblioteca, para hacer presentes esos temas, en ágiles Inventarios, y dar con ello constante novedad a la Patria.

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