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Miércoles , 24.04.2019 / 21:23 Hoy

El buscador: Elogio de la Feria

Una vez dentro se vuelve posible un fenómeno rarísimo: que la curiosidad o el interés de las personas que quieren leer se encuentre con los libros.

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Este año, de camino hacia la FIL Guadalajara, tuve una conversación muy desalentadora. La persona con quien hablé se enteró de a dónde venía y empezó preguntando si aún iba gente a las ferias del libro. Porque ahora todo es digital, me dijo. Le pregunté si leía libros electrónicos y me contestó que no, pero que eso había oído. También me dijo que sí, leía un poco, pero no le gustaba la ficción —es decir, la fantasía como Harry Potter— sino más bien cosas reales como los libros de Dan Brown o J. J. Benítez.

Por supuesto, toda persona tiene el derecho de no leer o de leer únicamente a dos autores. Y no me sorprendió que, si bien había hecho una carrera universitaria (eso me contó), aquella persona concreta no estuviera familiarizada con conceptos que hubieran debido enseñarle, por muy tarde, en la preparatoria.

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[OBJECT]Pero qué pena que se estuviera perdiendo de algo como la FIL: que algo como una feria del libro hubiera quedado totalmente fuera de su experiencia de la vida.

Obligar a la lectura es contraproducente, y obligar a que se lea por placer —esa actividad que nos parece tan enriquecedora, tan necesaria, en cuanto nos aficionamos a ella— es, sencillamente, imposible: la idea no es solo aberrante sino contradictoria. Pero una feria del libro no es un espacio para hacer que la gente quiera leer. El primer paso, el decisivo, se tiene que dar afuera del recinto ferial, y es el que lleva al interior.

Pero una vez dentro, e incluso en la feria más humilde y más pobre, se vuelve posible un fenómeno rarísimo: que la curiosidad o el interés de las personas que quieren leer se encuentre con los libros. No solo con aquellos que está buscando: también con aquellos cuya existencia desconocía, y que pueden convertirse en grandes hallazgos, grandes sucesos imprevistos.

Los algoritmos de las tiendas en línea (o, para el caso, las reseñas impresas o en red, por buenos o al menos consistentes que sean sus autores) pueden crear espacios de conocimiento, pero son espacios limitados, sea por los criterios de quien escribe o por el interés de las tiendas en darnos más como lo que ya hemos comprado, para aumentar la posibilidad de nuevas compras.

En cambio, en el espacio físico de la feria del libro conviven lo conocido y lo desconocido, lo popular y lo raro, y por tanto se asoma lo que no sabemos que nos puede interesar: lo que de pronto, en un estante cualquiera, nos llama y nos captura y hasta se queda en nuestra vida.

Por eso me alegra haber venido a esta feria, como a otras, y espero poder hacerlo nuevamente.

Hasta la otra, pues, y con suerte por acá nos leeremos.

Para buscar en la FIL:

Ésta es la última oportunidad que tienen, así que van varias propuestas: Los peligros de fumar en la cama, cuentos de Mariana Enríquez (Anagrama); El jardín de Abdul Gasazi, cuento ilustrado de Chris van Allsburg (FCE); Apócrifa de Rafael Villegas (Paraíso Perdido). Si los encuentran, disfrútenlos. ¡Adiós!


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