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Miércoles , 20.03.2019 / 18:37 Hoy

¿Dónde están?

La guarida del viento


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¿Quién no quiere entrar en los espacios y tiempos de un libro, pasar allí algunas horas y tocar sus escenarios? La primera vez que llegué a Buenos Aires, hace unos 35 años, salí directamente del hotel a la Plaza Constitución, el lugar cuyas “carteleras de fierro” aparecen mencionadas en la primera frase de “El Aleph”. Beatriz Viterbo ha muerto, y sin embargo las carteleras de la Plaza Constitución “acababan de renovar no sé qué aviso de cigarrillos rubios”. El mundo incomprensiblemente sigue su curso, a pesar de que ella ya no está allí. Borges concluye con melancólica vanidad: “Cambiará el universo, pero no yo”. Sentado en medio del ruido de la Plaza ese día, mientras recitaba ese gran párrafo, sentí que yo podía estar en una zona del relato.

Quizá sienten algo parecido quienes se acercan a la zona sur de Castilla preguntando por la casa del Quijote o los que se acercan a algún lugar de Verona, presintiendo el balcón en el que Romeo observa a Julieta tocarse la mano en la mejilla y susurrar: “¡Oh! ¡Quién fuera guante de esa mano para poder tocar esa mejilla!” Muchos amigos que vienen a Lima me piden llevarlos a la Avenida Tacna para estar en el lugar donde se inicia Conversación en La Catedral. Los llevo con gusto y alguno de ellos ha recitado esa descripción inicial: “Edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris” y su inevitable conclusión: “¿En qué momento se había jodido el Perú?” Dicho sea de paso, el aspecto de la avenida no ha cambiado demasiado desde que Vargas Llosa trabajara en la redacción del diario La Crónica. Alguno de mis amigos visitantes asegura haber visto a Santiago Zavala en la puerta de un edificio, mirando a la avenida, “sin amor”. Vargas Llosa marcó el ruido y las imágenes de la ciudad lo mismo que Lampedusa marcó para siempre el olor que sentimos al llegar a Sicilia.

Los escritores señalan todos los detalles físicos pero su imaginación los trasciende. Es por eso que Rulfo afirmaba que sus relatos no estaban ubicados en ningún lugar específico y quienes van a Aracataca no encuentran “una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construida a las orillas de un río de aguas diáfanas” aunque quizá creen verla.

Los lectores terminamos de leer un gran libro y buscamos el escenario que lo sustenta. Queremos que las grandes fantasías se realicen en el mundo. Al comprobar que eso no va a ocurrir, volvemos a la ficción, el refugio más antiguo, y el más impune.

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