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A fin de cuentas uno se muere
y ya
mientras las sábanas sueltan su olor
a piel de yerbabuena
para el té que no podrá curar
ausencias, la tuya, la de tantos,
al igual que esos medicamentos indeseables
que solamente nos prolongan el estar aquí
cuando nuestros deseos no son designios
sino aullidos de perro abandonado
en este tránsito donde la soledad
me vuelve rencoroso
para el mal convivir conmigo y otros.
Aunque te sueño a diario, casi,
y eso nos acerca,
tu recámara vacía donde monologo
no me cura del todo este dolor que cargo al caminar
conmigo a cuestas.