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Miércoles , 24.04.2019 / 07:37 Hoy

Días feriados: Menudos lectores

“¿Qué puedo hacer para que lean mis hijos?”, suelen atormentarse algunos padres. Me parece angustiante que los padres insistan demasiado en que los hijos lean y hasta escriban. 

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Ser niño era una lata, antiguamente. Más allá de las calamidades de rigor —los pies te cuelgan de todas las sillas, medio mundo te tapa la pantalla en el cine— no había mucho qué hacer entre los grandes, como no fuera callarse la boca y abstenerse de estar jeringando. Los sábados mis padres, grandes consentidores, me llevaban a un teatro para niños donde un protagonista muy querido —Manuel Lozano, El zapatero remendón— actuaba cada vez un cuento diferente y al final repartía muy leves martillazos sobre los taconcitos de los presentes. Cierto es que la pasaba uno muy bien, sobre todo si le tocaba martillazo, pero llego a la FIL y me invade la envidia retrospectiva.

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¿Qué no habría hecho uno en sus primeros años con semejante oferta de diversión? Me recuerdo leyendo tres, cuatro veces los mismos cuentos de los hermanos Grimm. Y resulta que hoy no serían suficientes diez infancias al hilo para devorar todos esos libros —bellísimos algunos— que uno ve aparecer cuando se ha hecho muy tarde para disfrutarlos. No tuve un Harry Potter, ni hubo entonces un Lemony Snicket que se refocilara junto a mí en el infortunio de los protagonistas, ya no digamos el parque temático que es la sección infantil de la FIL —en tal modo expansiva y socorrida que se extiende por varios pasillos más allá de sus límites—. Si entonces, cuando niño, ambicionaba uno crecer pronto para empezar a caber en el mundo, hoy se apetece más ponerse en el pellejo de uno de esos escuincles que van de un stand a otro como protagonistas privilegiados, participan en decenas de juegos y sufren solamente a la hora de irse, pues da la idea de que transcurre allí una fiesta sin fin.

“¿Qué puedo hacer para que lean mis hijos?”, suelen atormentarse algunos padres. A varios inclusive les hace clic la idea perniciosa de que sus descendientes se hagan un día escritores. Afortunadamente, mis padres nunca se propusieron eso. Hicieron nada más que lo importante: comprar los libros y esperar a que el niño mordiera el anzuelo. Me parece angustiante que los padres insistan demasiado en que los hijos lean y hasta escriban. Niño o no, uno llega a esas cosas en respuesta no tanto a las recomendaciones familiares, como a una tentación de por sí irresistible.

Mi familia esperaba, sin decírmelo mucho, que aprovechara la experiencia de mi padre y me hiciera banquero. Razón buena, supongo, para echarme a perder con la literatura y dar la espalda a aquella expectativa. De pronto me espeluzna imaginarlos empujándome a ser novelista, tal como lo sugiere un juego para niños —El pequeño gran escritor— que incluye el kit completo para jugar a solas al autor. Pese a lo divertida que parece la idea, si volviera a ser niño preferiría, ahora sí, cumplirme el sueño de jugar al doctor con una de mis primas. Y después, por qué no, escribir como siempre: a escondidas. Como una travesura. Jugándome el pellejo imaginariamente. Pensando, mascullando, temiendo: “¡Uf! Si supieran de esto mis papás...”.


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