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Domingo , 19.05.2019 / 04:23 Hoy

Días feriados: De vuelta entre pupitres

De cuando en cuando ocurre que se aparece alguno años más tarde y te recuerda aquella presentación donde soltaste un número indeterminado de barbaridades.

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La zona de confort abarca un par de predios: el hotel y la FIL. Rara vez la dejamos a lo largo del día, no necesariamente con el mejor humor. Peor aun en la mañana, cuando está uno peleando por mantener los ojos abiertos y va por los pasillos luciendo unas ojeras con pinta de gafas. Hace calor, para colmo, y el tráfico es feroz, así que esta mañana desayunas con la resignación de un condenado. Suena el teléfono: ya te están esperando. Es hora de partir a lo desconocido.

Cada vez pasa igual: vienen por ti personas muy amables, te llevan a una escuela que suele estar lejísimos y te ponen delante de un público que no eligió escucharte y acaso tiene cosas mejores por hacer. Tendrías que saberlo de antemano, después de hacer tantas visitas de este tipo, pero al fin cuando acabas de despertar te encuentras con el mejor público del mundo. Unos ya cumplieron los 17 años, otros andan por 13 o 14. No es fácil adueñarse de su atención, mas una vez que se han interesado —y entonces ya les brillan las pupilas— no habrá fuerza capaz de distraerlos.

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En alguna ocasión le preguntaron a Bruce Springsteen qué demonios hacía para mantener la proverbial intensidad de sus conciertos por las tres o cuatro horas que hasta la fecha duran. “Nunca dejo de enviarles bolas rápidas a mis músicos”, respondió al vuelo el Boss. Un consejo que vale su peso en platino, especialmente cuando el público es muy joven y disfruta arreglárselas con las pelotas raudas. Nunca, como delante de una audiencia así, se experimenta la necesidad —gozosa, emocionada, vertiginosa— de entregarse con todo lo que tiene. Hablar a riguroso calzón quitado, desde la entraña misma, en lo que poco a poco se transforma en una suerte de estado alterado de la conciencia. Y el público lo sabe, por eso fluye una corriente eléctrica a lo ancho del aula magna, y es como si volviera uno al colegio, sin el viejo temor a ser abucheado (y todo lo contrario, pues ya se ve que el respetable público está integrado por no más que cómplices).

Ecos de la FIL se llama el programa que lo arrebata a uno de la zona de confort y unas horas más tarde lo devuelve al hotel víctima de un hechizo inenarrable. Si los años te enseñan a desconfiar del mundo y pensar varias veces lo que vas a decir, con los Ecos no hay careta que valga. Vamos, lo recomendaría como terapia, y de hecho habría pagado por experimentarlo. No es, insisto, un público fácil, pero es al fin el más dadivoso de todos.

De cuando en cuando ocurre que se aparece alguno de ellos en la Feria, años más tarde, y te recuerda aquella presentación donde soltaste un número indeterminado de barbaridades a manera de bolas rápidas. Pruebas de vuelta entonces el nudo en la garganta de ese día, y una vez más se lo agradeces en lo hondo del estómago. Maldita sea, que me pongo cursi.


ASS

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