Cultura

Del Paso a la eternidad

"Palinuro de México" me hace pensar en que su autor, después de leer a Gabriel García Márquez, dijo para sí mismo algo así como "Van a ver, cabrones", y escribió una de las más deslumbrantes obras literarias que conozco.

Algo conté (13 de diciembre) ya en MILENIO: que Vicente Leñero me platicó que, deslumbrado por la lectura del original de José Trigo, Juan José Arreola le comentó que el mayor escritor mexicano desde Sor Juana Inés de la Cruz era Fernando del Paso; que Vicente y yo leímos casi al mismo tiempo Palinuro de México y que mi ejemplar fue obse­quio de María Luisa, La China Mendoza, pero que me animé a hin­carle el diente después de un año (el título me hacía pensar en una documentada investigación sobre algún cultivo exótico), y que las primeras líneas me atraparon y lamenté llegar al punto final.

Creí entender el elogio de Arreola, y desde entonces (finales de los años 70) acostumbro regalar ejemplares de esa novela suma, literatu­ra en el rango del arte que me cautivó. Y no solo: impuse su lectura entre los nueve o diez obligatorios títulos a 900 alumnos, aproxima­damente, en mis cursos trimestrales de redacción para Extensión Uni­versitaria en el Palacio de Minería; a unos 125 en cinco años de pro­fesor itinerante de la Universidad Internacional de Florida; a los 180 que tuve en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y tal vez a mil en mis grupos a lo largo de 19 años y medio en la Uni­versidad Iberoamericana.

"Mucho contribuí a que se agotara la primera edición de tu Palinuro... ", le dije a Fernando la tarde en que lo conocí en casa de Froylán M. López Narváez. "Me debes parte de tus regalías", bromeé, feliz de tener ante mí al escritor que, equivocadamente, supuse médico, o que había estudiado mucho de medicina por el borbotón de ciencia que también es Palinuro...

Pero Fernando me aclaró que no: durante los ocho años o más que le llevó escribir su segunda novela se apoyó en una decena de libros especializados que colocó en atriles en su mesa de trabajo.

Excesivamente amable, se mostró sorprendido porque yo no paraba de citarlo casi textualmente (Julio Scherer García le dijo lo que solía repetir: que "declamo" los libros "mejor que como están escritos").

Dado a exquisitas, musicales, proteínicas y etílicas tertulias con gente inteligente, Froylán había convocado a un grupo singular de persona­lidades, en el que coincidieron por única vez talentosos tan diversos como Scherer, Leñero, Amauri Pérez, Enrique Strauss, Maurice Bishop y, colado, el afortunado de mí. Durante horas platicamos lo mismo del álbum A pesar del otoño creceremos (con Él vino triste, Hacerte venir, Dame el Otoño y A que no te olvide, entre otras canciones) que de la reciente novela Los periodistas y la inminente publicación de El evan­gelio de Lucas Gavilán (por esas fechas Vicente estrenaba La mudan­za y escribía Vivir del Teatro), como del día en que Gabriel García Márquez, meses atrás, me había presentado al primer ministro de Granada en el templete de la Plaza de la Revolución desde donde Fidel Castro fustigó a los diez mil o más cubanos que atestaban la embaja­da de Perú en La Habana y que incitaron la salida de 120 mil isleños por el puerto de Mariel (sigo impresionado de que Bishop terminara en octubre del 83 asesinado en el golpe de Estado que apoyó el ejér­cito gringo).

Veinticinco años después de aquella inolvidable reunión en casa de Froylán, incitado por Carlos Puig y el Premio Cervantes a Fernan­do (que imagino previo al merecido Nobel), tecleo estas líneas con­fiado en mi memoria sobre un libro de literatura mayor, donde se aprende que en las islas de las estadísticas y los promedios uno se ata los zapatos quién sabe cuántas veces en la vida, duerme un cierto titipuchal de años y cuando uno se muere dura muerto una eternidad, como promedio.

O que se puede hacer el amor diariamente, los lunes, los martes y los miércoles, invariablemente, los jueves y viernes igualmente, los sábados descansadamente, los domingos religiosamente, y que cuando Palinuro presentía que no iba a poder y no podía y Estefanía que no iba a sentir y no sentía, decían que hacían el amor aproximadamente, y que lo hacían de pie y cantando, acostados y soñando, de rodillas y rezando, en acuerdo con natura, contra natura o ignorando a natura (y para saber hacerlo nostálgicamente recomiendo leerlo).

De las muchas lecturas que permite, Palinuro de México podría no ser tan voluminoso ni multitemático para que yo lo aprecie como li­teratura universal de calidad excelsa, aun si solo contuviera el medio centenar de páginas de La última de las Islas Imaginarias: esta casa de enfermos, título de uno de los 25 capítulos que integran la novela: un breve tratado de las enfermedades cuyos síntomas Del Paso describe

sin tecnicismos (recuerdo el paciente cuya nariz no para de sangrar porque padece lo que usted bien ha deducido, doctor: la enfermedad escarlata), en un recorrido por las salas de un hospital hasta conocer una vacía, con varias puertas que conducen lo mismo a la casa de los abuelos de quien sea que a su propia casa, doctor, pero no se espante: estamos en el pabellón de los sanos...), y en el que la visita concluye ante aparadores de la tienda de souvenirs, para comprar postales de fetos y monstruos, anomalías dentales y labios leporinos, artesanías elaboradas en los talleres clínicos por los propios enfermos, con pul­seras de cristales como diamantes que no son sino cálculos renales y lagrimales tallados por nuestros pacientitos, ópalos de riñón y lapislá­zulis de hígado, y la calavera que hace al nuevo director asomarse a su interior a través de las cuencas, que es un reloj, con la felicitación del guía (que padece moria: enfermedad mental que hace perder las inhibiciones sociales y sexuales y sufrir proclividad al morbo, las bro­mas y la verborrea) que, con efusividad, celebra que Palinuro sepa que, para enten­derlo, al tiempo hay que verlo a través de los ojos de la muerte.

Nada de lo que cuente aquí corresponde a los niveles narrativos de Fernando, pero sí a los imaginativos, como al escribir de quien yace conectado al mundo a través de sondas, que lo creen convertido en vegetal pero sigue tan vivo que piensa en la sevicia de los atardeceres que devoran los flamen­cos y otros recuerdos de colores.

Por inexacta que la referencia sea, co­rresponde al capítulo en que Del Paso ex­plora con ingenio aplastante dónde co­mienza la vida o dónde empieza la muerte: ¿cuando la madre sube al tranvía y lleva la mirada encendida porque acaba de hacer el amor y comienza a formarse el óvulo descarriado que al noveno mes, como Tar­zán, se caerá de la liana para jugársela en un mundo que no era el suyo? ¿Cuando el niño ya tiene amigos? ¿O al dar su primera pelea, o cuando los buenos vecinos termi­nan queriéndose matar?

Y la muerte, ¿comienza con el aneurisma que se forma en el recién nacido y que lo hará colapsar a los 60? ¿O en el momento en que un comanche prepare la flecha que, a los 50, lo librará de morir de un aneurisma a los 60, y esto si es que una pasión insana no le hace el favor de matarlo así para que no muera por un aneurisma a los 50 o de un flechazo a los 50 sino a los 47?

Otro fragmento que atesoro en la memoria es el de la ventana que Palinuro y Estefanía dejaron abierta la noche en que, primero como chipichipi y luego como tempestad, llovieron tantos adjetivos que el departamento de los primos acabó inundado y ellos tuvieron que cha­palear para identificarlos, sorprendidos y aterrados porque lo redon­do quedó en los cuchillos, lo sucio en la tina o lo verde en lo rojo (un reguero de absurdos en donde lo lógico fue sepultado). Y tuvieron entonces que acomodar lo limpio en el baño, lo filoso en los cuchillos y lo triunfal bajo los arcos, etcétera etcétera, pero al terminar no sabían qué hacer con tres adjetivos que ya no en­contraban dónde colocar: lo azul, lo inmen­so y lo desconocido que, repetidos, habían puesto ya en los calzones azules de Estefa­nía (a quien Palinuro quería con amor in­menso) y la pobre tuvo que acostarse con un desconocido, pero les seguían sobrando esos tres. Salieron entonces al balcón don­de solían resolver sus problemas y así fue otra vez porque, al asomarse a la mañana soleada, le lanzaron al cielo lo azul, lo in­menso y lo desconocido.

Palinuro de México me hace pensar en que su autor, después de leer a Gabriel Gar­cía Márquez, dijo para sí mismo algo así como "Van a ver, cabrones", y escribió una de las más deslumbrantes obras literarias que conozco.

Novela monumental que, fragmentada que fuera (como creo que a Juan Rulfo con los cuentos de El llano en Llamas y su des­lumbrante Pedro Páramo), la Academia Sueca le debe, pero en chinga, otorgar el Nobel que tanto, tanto merece mi Fernan­do del Paso.

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Carlos Marín
  • Carlos Marín
  • cmarin@milenio.com
  • Periodista con 55 años de trayectoria, autor del libro Manual de periodismo, escribe de lunes a viernes su columna "El asalto a la razón" y conduce el programa del mismo nombre en Milenio Televisión
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