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Domingo , 17.02.2019 / 10:56 Hoy

Cuatro cuartetos

Poesía en segundos


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Si la publicación de las colaboraciones de “Inventario” de José Emilio Pacheco era, desde hace mucho tiempo, una de las novedades más esperadas, la reedición de Cuatro cuartetos de T. S. Eliot en la traducción del mismo autor también despertaba una gran expectativa entre los lectores de poesía.

La primera versión de este texto clásico de la literatura moderna no apareció en Aproximaciones, de 1984, aquella reunión que hizo Pacheco de sus traducciones de diversos poetas en los Libros del salmón de Editorial Penélope, heredera de la Máquina de escribir y sostenida durante muchos años por Ilia y Yuri de Gortari. Cuatro cuartetos salió sencilla y pulcramente a la luz en 1989, bajo el sello editorial del FCE en los libros de La gaceta, y tuvo una recepción crítica muy buena en la voz de Anthony Stanton y, más tarde, en las de Luis Miguel Aguilar y Javier Aranda. El libro se agotó rápidamente y Pacheco, en su búsqueda de una mejor versión, no quiso republicarla. Los lectores comprendieron que el volumen tardaría en regresar a librerías. Sin embargo, todos adivinábamos que Pacheco entregaría, más tarde o más temprano, un segundo texto enmendado y enriquecido con un comentario y notas, producto del enorme conocimiento que acumuló el poeta de La arena errante y fruto de la admiración por Eliot.

Ahora, ERA y El Colegio de México han lanzado —en España lo hace Alianza— la nueva aproximación de Cuatro cuartetos en una edición con un formato amable y una tipografía de lectura cómoda. El libro ofrece un gran interés por dos razones: en primer lugar, el texto recién editado es una versión más arriesgada respecto a la traducción de 1989. En este nuevo avance, Pacheco introdujo divisiones estróficas que no están en el original; muchas veces transformó en dos líneas un verso unitario y, lo más importante, tradujo sin tratar de comprimir el aliento de las palabras en español. No siguió la forma del inglés ni el espíritu más sintético de esta lengua. La traducción de Pacheco corre de modo libre y deja que las frases en nuestro idioma cobren su propio peso y extensión. En segundo lugar, esta refundición de Cuatro cuartetos viene acompañada, a la manera de La tierra baldía, de una sección de notas —en sí mismas un libro—, de tal modo que el lector puede hacer suyas referencias fundamentales del tejido íntimo del poema. Así, merced al carácter radical de la traducción y al conocimiento minucioso de la urdimbre significativa del texto, el poema de Eliot cobra, en el poema de Pacheco, una realidad viva y honda.

Aunque entre La tierra baldía y Cuatro cuartetos hay una comunicación indiscutible, también muestran una diferencia insoslayable: el poema de 1922 es un texto profundamente dramático, mientras que el de 1943 está dominado por una fuerza lírica y metafísica. ¿Qué nos hubiera dicho Pacheco, en una nota introductoria, si no hubiese tropezado con la piedra que a todos hace trastabillar: “En mi principio está mi fin”?

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