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Domingo , 24.03.2019 / 00:06 Hoy

Con ustedes, el miserabilismo

A fuego lento


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Hace años que el miserabilismo ha alcanzado su punto culminante en la narrativa mexicana. Con el aura de los parias que la desigualdad social y la rapiña económica escupen a su paso, una corte de teporochos, damnificados del cristal, putillas infectas, pistoleros caídos en desgracia, niños expulsados de su hogar, migrantes a salto de liebre, asientan su campamento en las páginas del cuento y la novela. Parece que la pura invención está dejando de ser atractiva frente a la popularidad que tiene la degradación física y moral que ofrece nuestra realidad.

Para no desentonar con el rumor de estos tiempos, Imanol Caneyada se ha sumado también a la tendencia del miserabilismo, una consecuencia de la militancia sociológica y el virus de la denuncia que padecen sus anteriores novelas. La fiesta de los niños desnudos alienta la especie de que México es un cuerpo llagado por orines y mierda no solo porque convoca a un grupo de mendigos a las órdenes de un profeta milenarista sino porque se complace en anunciar la ruindad de las clases medias, “su irremediable vocación de plaga”, su espíritu “de supermercado”. Al arrojar al protagonista y narrador en brazos de aquel remedo de Mefistófeles que le concede la muerte del padre odiado a cambio de unirse a las huestes que se malganan la vida como limpiaparabrisas, rateros y tragafuegos —en un lugar impreciso de la cartografía mexicana: San Jacinto Río Muerto—, La fiesta de los niños desnudos parece simpatizar con la idea de una sociedad en la que el interés colectivo se impone al egoísmo, es decir, a la libertad individual.

De este modo, entre fetideces y vómitos por cualquier motivo, Gregorio Cárdenas se va desprendiendo de su piel y sus apetitos “burgueses” hasta dar con su auténtica vocación: la del verdugo que ajusta cuentas con quienes representan al orden que maldijo. Este hombre nuevo, tan al margen de las convenciones como para enamorarse incluso de una harapienta corruptora, está lejos sin embargo de la incertidumbre nihilista de Raskólnikov o de la arrogancia intelectual del Adrian Leverkühn del Fausto de Thomas Mann. Carece de altura literaria porque su pensamiento se reduce a maldecir al “hedonismo mezquino y esclavizante” que embrutece a la humanidad y, sobre todo, porque ese pensamiento se expresa con los pobres rudimentos de un taller de “escritura creativa”.

La gemebunda exposición de crímenes e inmundicias corporales a la manera de La fiesta de los niños desnudos imita el registro de esos sermones dominicales que se pronuncian con una espada flamígera en la mano. ¿En verdad tiene algo que decirnos a nosotros?

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