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'Circus vetustus'

El circo ya no olerá a circo. El circo se hizo viejo. ¿Quién quiere ahora al circo? De ser una diversión, pasó a ser una tradición. Luego será un recuerdo.

Hay varios modos de matar ratas y ratones. Van desde los venenos, hasta las trampas de diverso ingenio. Suelen ser métodos crueles. En la trampa convencional cae una guillotina sin filo que mata por golpe veloz o lenta estrangulación o simplemente deja al animal atrapado y malherido. Hay también un método horrendo que consiste en una placa con un pegamento del que no se puede escapar. Una vez lo utilicé. Puse la placa en la noche. Para cuando amaneció tenía una pareja de ratoncitos muy tristes y angustiados. Despegarlos era imposible. Tuve que echarles una piedra encima para detener su sufrimiento. Cosa curiosa, nunca he visto que nadie proteste contra estos productos matarratones ni contra las empresas de eliminación de plagas.

Es que los ratones tienen una historia de mala convivencia con el ser humano: se comen nuestra comida, contagian enfermedades, asustan a mujeres, niños y hombres por igual cuando aparecen bajo la cama o cuando surgen por el retrete en el momento más apremiante.

La convivencia provechosa y hasta cariñosa con los ratones se da en los laboratorios médicos; por eso sí hay que protestar contra su uso para fines científicos. Matarlos con raticida está bien; hacer lo mismo induciéndoles un virus, es salvaje.

Al otro lado del espectro se encuentran los equinos. La primera voz contra el maltrato de un burro aparece en la Biblia; específicamente en Números 22. Ahí un hombre llamado Balaam golpea con una vara a su asna. Ella, a instancias de Jehová, dice a su amo: “¿Qué te he hecho, que me has azotado estas tres veces?” Y Balaam, en vez de asustarse, se pone a conversar con la asna. Al final, llega a una conclusión: “He pecado”.

El caballo se volvió el animal más querido y también el más sacrificado, pues acompañaba al hombre a la guerra. Muchos de ellos vivían más mimados que el promedio de los hombres. Ricardo III trocaba su reino por un caballo. Don Quijote amó tanto a su Rocinante que le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni el Babieca del Cid se le igualaban. Chéjov nos cuenta la historia de un hombre que ha perdido su hijo. Nadie quiere escucharlo para que se desahogue; solo su caballo. Pintores como George Stubbs dedicaron su vida a la fisonomía equina, así fuera para pintar cuadros rústicos y desangelados; pues lo suyo no era amor al arte, sino al caballo.

Schopenhauer propone que se debe azotar a quien dé latigazos a un caballo. Si bien es cierto que su idea tiene poco que ver con el bienestar de los animales, y mucho con el ruido que producen los látigos y lo sacan de concentración. Su discípulo Nietzsche fue un paso más allá. Con su último aliento de cordura o primero de demencia abrazó lleno de compasión a un caballo maltratado en las calles de Turín.

En muchos países los limosneros van siempre acompañados de perros, pues está demostrado que a la gente le conmueven más los perros que la propia gente. Gran cantidad de solitarios salen a pasear con perros simpáticos porque es la única forma de que se les acerquen otros seres humanos.

Sin embargo, nuestra relación con los animales está condenada a la contradicción.

Nos parece cruel que le reduzcan su hábitat a los tigres de Bengala, ¿pero quién dejaría a sus hijos salir a jugar donde puede merendárselos un felino de doscientos kilos? Acabar con las plagas está bien cuando se trata de ratas, palomas cagonas, langostas o cucarachas, pero no pensamos igual cuando la plaga es de unas adorables focas de Canadá.

Disfrutamos de un buen jamón sin haber visto nunca una matanza tradicional de cerdos. Sobre todo, sin haber escuchado los angustiosos chillidos del animal cuando es sometido y siente el cuchillo que lo va desangrando y ve su sangre que cae en un recipiente para que luego se prepare una sabrosísima morcilla.

Veo más marchas para evitar el maltrato a los animales que para erradicar la tortura en los hombres. Más persecución al tráfico de especies que de blancas. Por amor y compasión ponemos a dormir a nuestro anciano perro para que no sufra, pero la eutanasia sigue siendo un crimen por mucho que padezca un ser humano. Se organizan movimientos contra la fiesta brava, cuando es obvio que cualquiera de nosotros preferiría ser un toro de lidia y no una gallina ponedora. Los legisladores prohíben animales en los circos, en tanto los gallos se siguen peleando a muerte en las ferias.

En las sumas y restas de tanta contradicción el circo se quedó sin su lamido perrillo enciclopédico, sin sus desacreditados elefantes, sin su monita avisada. Aún posee la cubeta de confeti, las paletadas en el trasero, el monociclo y el funámbulo que no acaba de caerse. El circo ya no olerá a circo. El circo se hizo viejo. ¿Quién quiere ahora al circo? De ser una diversión, pasó a ser una tradición. Luego será un recuerdo.

Mejor lo dijo don Alejo Mantecón: “Ir al circo es como ir al museo. Vean, señores, así se divertía la gente en la antigüedad, cuando el cerebro era una nuez. La costumbre puede matar un espectáculo que se precie de original; en cambio el circo, a base de repetirse, ya se volvió una tradición; y la gente no cuestiona las tradiciones, simplemente las acepta y vive con la idea de que son buenas si son religiosas; sabrosas si son de comer; interesantes si vienen de los indios; y divertidas si son un espectáculo. ¿La tradición ordena que el circo sea algo ameno, emocionante? Pues así sea, aunque tú y yo sepamos que es tan aburrido como otras tradiciones estúpidas: los voladores de Papantla, la música de tambora, la danza de los viejitos, la rosca de reyes, la Guelaguetza. Benditas sean las tradiciones que nos dan sustento a los personajes más anacrónicos y repetitivos de este país de mierda. Sí, señor, la gente no quiere poemas sino estribillos”.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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