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Viernes , 22.02.2019 / 15:44 Hoy

El viaje de Chihiro

CINEDICIONES por Gustavo Guerrero

El autor escribe sobre el clásico japonés.
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Todos amamos los mitos porque se constituyen no sólo como una lectura del universo sino como un velo de nuestra realidad. 

Hace 18 años el maestro Hayao Miyazaki obsequió al mundo su obra maestra: El viaje de Chihiro, una película animada de cuyos poros, grietas y pliegues escurre esa sustancia inconfundible presente en todo mito: la magia. 

Chihiro es una jovencita que llega por accidente, en compañía de sus padres, a un balneario para los dioses de la mitología japonesa que no tiene actividad durante el día. 

Sin embargo, los padres son convertidos en cerdos por comer el banquete dispuesto para las deidades que concurren durante la noche. 

A partir de entonces, la joven Chihiro emprenderá un viaje con tintes epopéyicos para recuperar la esencia antropomórfica de sus padres y la consecuente libertad.

Por recomendación de Haku, un joven que en realidad es el espíritu del río Kohaku, Chihiro debe conseguir un trabajo en el balneario que le permitirá su emancipación. 

El edificio tiene la concepción arquitectónica de un típico santuario que incluye arcos que marcan la entrada a un lugar sagrado, grandes troncos que se proyectan en forma de V, y los chigi, que son protuberancias en forma de cuerno ubicadas en el borde de los techos. 

Aquí llama poderosamente la atención su disposición en estructuras verticales que denotan las jerarquías del trabajo que se desempeña, lo que podría constituirse como una crítica social de Miyazaki. 

Justamente Chihiro comienza su escala laboral en el vestíbulo inferior, donde está la caldera de la casa de los baños y regenteada por Kamaji, un espíritu de múltiples brazos que se da tiempo para fumar, jalar palancas y dar instrucciones a los susuwatari, unos diminutos espíritus de hollín con forma de erizos de mar. 

En la cúspide de la escala laboral-social están los aposentos de Yubaba, la dueña del balneario.

El flujo y reflujo acuático están presentes en la película: la pradera que rodea el balneario se torna un océano inmenso de donde arriba el barco del que desembarcan los espíritus. 

En Japón existe la creencia que ocho millones de dioses habitan en la naturaleza. Por tanto, las montañas, los grandes árboles y rocas eran dioses. Miyazaki refuerza su premisa de la importancia del agua con Sin Rostro, una deidad pestilente que en realidad es un río contaminado que vomita corrupción y luego de ser bañado corrompe a todos con oro. 

Vale la pena volver a ver la cinta para reflexionar sobre cómo lastimamos nuestro hábitat.

@gusguerrodi

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