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Carlos Álvarez: “En Cuba no se hace periodismo, se hace propaganda”

Entrevista con el autor de 'La tribu'

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La muerte de Fidel Castro, la visita de Obama a la isla y el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, son sucesos que han marcado un hito en la historia contemporánea de Cuba.

Carlos Manuel Álvarez reúne en La tribu (Sexto Piso, 2017) dieciséis crónicas de cómo viven los cubanos el fin de la epopeya revolucionaria. Seleccionado por el New York Times como uno de los mejores libros de no ficción de este año.


Este libro tiene algunos brochazos políticos pero se enfoca más en la vida cotidiana de Cuba.

Sucede que la vida cotidiana de Cuba es muy política. Lo que intenta el libro es traducir, dibujar cómo se expresa la política en la vida diaria de los cubanos y no como un ente abstracto, reducido a unos cuántos. Ahondar cómo determina y dirige las relaciones personales. También hay personajes de cierta relevancia de la cultura cubana: poetas, artistas, músicos o deportistas que han triunfado en las grandes ligas, figuras que tienen un gran impacto en la vida pública. Es una mezcla de muchos registros.

¿Cómo abordar personajes cubanos sin regionalizarlos? Pareciera que podrían ser de cualquier otro lugar de Latinoamérica.

La idea siempre ha sido, y no estoy diciendo nada nuevo, que los conflictos que nos atreviesen sean universales. Busqué retratar esos conflictos que hay en Cuba, que son comunes a todos los seres humanos, y que en países latinoamericanos son particularmente identificables: la desigualdad social, la migración; ver a Estados Unidos como un sueño. Además de señalar cómo influyó la relación de los caudillos y los dictadores en nuestras vidas, pues su presencia en Latinoamérica ha sido ampliamente registrada. Mucho de los dramas puedan ser similares a los lectores de otros países; me sentiría satisfecho si así fuera.

El género de la crónica acompaña este libro ¿Por qué apostar por un periodismo narrativo?

No sabría hacer otra cosa y tampoco me interesa. Disfruto de esos cruces entre la no ficción y el uso de herramientas que normalmente no asociamos con este género. Es muy vasto todo lo que se puede explotar a la hora de narrar una historia periodística. Me parece que este formato arroja aristas y complejidades que normalmente no puedes tener con otro género. Cada relato impone su propia naturaleza, pero narrar desde la no ficción es completamente distinto. En el caso cubano, este periodismo se ha vuelto muy escaso. Es cierto que tenemos una tradición de periodismo narrativo que en algún momento fue fuerte, con reporteros que apostaban por la crónica y el relato, pero la prensa estatal, el gobierno, lo barrió. Apostar por este formato es un modo de rescatar una de las funciones del periodismo que en Cuba se ha olvidado.

¿Qué tipo de periodismo se hace en Cuba?

En términos generales no se hace periodismo, no se puede ejercer con libertad. Se hace propaganda. Sin embargo, en los últimos tres años ha existido, afortunadamente, una especie de diversificación de las políticas editoriales y una profesionalización del ejercicio del periodismo. Ya hay notas, entrevistas y reportajes que responden a los parámetros del oficio, además se empieza a hacer periodismo narrativo desde muy diversas fuentes.

En Cuba las editoriales son estatales. Debido a los temas que tocas, ¿cuál es la posibilidad de que tu libro se publiqué allá?

Lo tengo totalmente descartado. Si existiera alguna posibilidad ínfima, se debería al capricho de algún funcionario, lo cual no creo que vaya a suceder. Los libros cubanos que no se escriben bajo las directrices impuestas por el poder político, no caben en las casas editoriales. Me atrevería a decir que mí libro no se ha leído en Cuba. Un libro que no se publicite, que no se edite, no puede llegar a los lectores de manera potencial. La única forma es que alguien lo haya comprado fuera y se vaya pasando de mano en mano, es una práctica que los cubanos no desconocen, que se utiliza para leer a los grandes autores de la literatura contemporánea. Las editoriales son un desastre y deben obedecer las imposiciones políticas. El ejercicio de pasarse el libro de mano en mano y de buscar de contrabando, es la escuela en la que el lector cubano se ha formado en los últimos años.

¿La muerte de Fidel Castro cambió el panorama cultural o artístico de Cuba?

No. Justo hace unos días escribí un artículo en Letras Libres sobre este fenómeno; de cómo el año que va entre la muerte y el aniversario luctuoso de Fidel parece haberse reducido, como si hubiera un control absoluto en el tiempo, donde no ha pasado nada. Probablemente es el año más inmóvil en el último lustro, en esta suerte de transición soft que ha pasado en Cuba. Parece que el único objetivo fue crear la sensación, a partir de los homenajes, de la propaganda y la saturación de su imagen, de que hubiera muerto ayer. No creo que el fallecimiento de Fidel haya influido en demasiadas cosas, pero tampoco lo esperaba. Como figura política activa había dejado de funcionar hace bastante tiempo. Su muerte tiene un impacto en lo simbólico, porque hay una gran diferencia de tenerlo en la tumba a verlo de anciano decrépito, pero esperemos que también se dé un impacto en la psique de la gente.

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