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Martes , 19.03.2019 / 19:27 Hoy

Canciones sobre Mabel y la luna

Vibraciones



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Kevin Morby (1988) siente fascinación por abrir espacios desde el sintetizador. Pocos acordes. Colores oscuros. Sonidos largos. Amplias atmósferas quietas en espera de ser imaginadas. En City Music (Dead Oceans, 2017), comienza —“Come To Me Now”— cantando desde la voz de una mujer (Mabel) que le pide a la luna: “ven a mí, de la misma manera que a mí viniste ayer: bella y lenta, hermosa y ligera”.

Su voz es joven, áspera y triste. De expresión anhelante (su anhelo es la noche). Una voz sin movimiento: fija en registro medio. Su estilo de canto es recitativo. Recita letras suaves y sombrías. Llenas de frases incompletas sobre angustia, soledad y encierro.

“Ahora camino tomado de la mano conmigo mismo y con mis pecados. Completamente solo en una calle llena de gente. Nunca he sido alguien a quien te hubiera gustado conocer”, dice en “Crybaby”. Y hacia el final, tras 20 versos melódicamente iguales —una breve melodía de siete notas—, de pronto —inesperado, tardío— surge el coro: “¿y por qué no llorar, llorar y llorar?”.

Canciones monótonas de raras estructuras. Una monotonía que encanta porque insiste en los grises, en la quietud, en los recuerdos y en la nostalgia. La acción ocurre siempre en el pasado. “A bordo de mi tren, he amado muchas caras y muchos lugares, pero todos se han bajado en estaciones diferentes”, dice en “Aboard my Train”.

La mirada es melancólica y distante. Una distancia íntima. La intimidad hunde la cabeza y enrosca el cuerpo. Asfixia. Se niega a vivir la vida que afuera debe ser vivida. Por eso en la portada de su álbum, Kevin Morby aparece entre plantas en su cuarto de cara a un viejo espejo con marco de madera tallada. Se mira a sí mismo con el desafío de una mirada agria. Lleva suéter blanco y lo que podría ser —solo se ve una breve porción de los muslos— una falda o amplio pantalón de piyama claro con lunares rojos. Así Kevin Morby recibe los ruidos y las luces de afuera: ecos fantasmales de otros mundos y otros sueños que nunca logran interesarle lo suficiente como para liberarlo momentáneamente de su encierro.

En “City Music” —la canción homónima—, dice: “oh, esa música de la ciudad, esos sonidos de la ciudad, cómo tensan las cuerdas de mi corazón. ¡Oh, vayamos al Centro de la ciudad!”. Resulta una intención onírica. Estaría bien salir… sí, pero algún día; no corre prisa. El bajo y la batería aceleran el ritmo, la guitarra también corre —arpegios de psicodélica elegancia—, y aunque la voz grita, hay calma en su grito. Es un grito que poco a poco se enfría hasta terminar en la desgana. Lo que prometía ser una aventura ha terminado en intención vaga. En fantasía. En otro día más, vivido sin salir de la cama.

Llega la noche y entonces comienza esa otra vida: la secreta, tan poética y privada. Su poesía es lunar. Misteriosa y oculta. Ensimismada. Y está contenida en una balada (“Night Time”) para piano y guitarra acústica en la que, por fin, Kevin Morby —más cercano que nunca, en términos de sonido, al más depresivo Leonard Cohen: el de Songs of Love and Hate— deja de romper el sonido entre las notas para que su voz enlace sin rupturas las palabras en fluidas líneas vocales.

Canta otra vez desde Mabel, esa mujer solitaria que siempre está un poco borracha y ahora recuerda amigos del pasado. Algunos ya han muerto. La mera idea de salir la asquea: no quiere conocer gente nueva, la encuentra demasiado histérica. Mabel ve la noche de la ciudad desde su ventana. Bebe ginebra y le pregunta a la luna: “Si caminaras una milla en mis zapatos, ¿qué elegirías?” Y Kevin Morby ejecuta un falsete al pronunciar la palabra “zapatos”.

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